La conspiración de los machos

"Soy Ian Brettes, soy transexual, pero nunca voy a ser un chongo ni lo quiero ser." Afirmar su identidad masculina y a la vez negarse a cumplir con los mandatos más retrógrados de la misma; construir una familia con su novia y seguir en el barrio a cargo del negocio familiar que inició su padre, parecen ser razones suficientes para que los vecinos lo persigan, lo señalen y hasta lo muelan a golpes. Esta historia, donde unos cuantos ejercen la "normalización" por mano propia mientras la policía se regodea en su negligencia, transcurre en Isidro Casanova. Y en muchos otros pequeños lugares de este mundo que, aunque parezca tan gay friendly, sigue siendo tan hostil.

Marta Dillon

El primer golpe estalló en su cabeza un 19 de julio. La fecha está en los papeles que él guarda encarpetados en un local atiborrado de herramientas, rayos, ruedas y repuestos de bicicletas. Pero, por supuesto, también está en su memoria y hasta se imprimió en sus hábitos, cada vez más anclados en ese mínimo espacio donde trabaja y pasa la mayor parte del tiempo. Ese día de invierno había empezado como una mañana cualquiera, levantando las persianas del local que durante 30 años estuvo al mando de su padre, sacando el cartel que anuncia arreglos y guardería de bicicletas, poniendo a sonar el reggae que para él es tanto música como mantra espiritual. Y lo que siguió, tampoco se escapaba de la rutina: un reclamo de visibilidad. Aunque esta vez la reclamaba de la manera más concreta posible. Fue a pedirle a su vecino, César Rodríguez, de profesión matarife, que por favor les pidiera a los camiones de reparto que no se estacionaran durante tanto tiempo en la puerta de la bicicletería. "Es que no me ven", le dijo, amigable, como es su estilo. Ese "no me ven" que vuelve cada vez que tiene que decir "soy transexual" y le contestan como le contestó ese vecino: "Tortillera, marimacho, salí de acá, lesbiana de mierda". Después el golpe, de arrebato, sin que atinara a cubrirse la cara, el dolor y la sorpresa. "Me insultó, me humilló, se subió a su auto y se fue", cuenta Ian, 38 años, artista callejero mientras viajó por Latinoamérica y por España tratando de juntar dinero para cumplir su sueño de modificar su cuerpo para que finalmente lo vean como él es. El, un hombre trans. Claro que eso, justamente, es lo que nadie (en su barrio, al menos) quiere ver. Mucho menos después de que todos en la cuadra supieran que él, la tortillera marimacho, no aceptaba ser disciplinado a la fuerza.

"Estaba todo ensangrentado, porque me dio en la nariz, así, sin que yo lo viera venir, además de haberme humillado delante de todos. Por eso me fui a la comisaría a hacer la denuncia. Y esa vez me trataron bastante bien, me hicieron hacer una radiografía, me revisó un médico... pero se ve que como todos lo supieron, el odio fue creciendo."

El odio como un huevo empollado por la conjura de los machos de la cuadra. A ese primer golpe siguieron otros. Poco más de un año después, Ian terminó inmóvil en una silla de ruedas. "Y siempre el mismo argumento: mi sexualidad. 'Vos querés tener una como la que me cuelga a mí', me decían y me mostraban los genitales. Si era tan macho que fuera a pelear, me desafiaban. Pero yo no quiero ser un hombre así. Yo soy Ian Brettes, un chico trans, un hombre pacifista, como Jesús", dice y se ríe. Es que la peor golpiza la sufrió un Viernes Santo.


Ese 19 de julio de 2008 la violencia –"homofóbica, transfóbica, lesbofóbica, como la quieras llamar"– plantó el primer palo de una cerca que a lo largo de un año iría encerrando a Ian y a su pareja en un espacio cada vez más reducido. El local está siempre con llave, ella y él apenas salen para ir a dormir y son muchas las veces que se quedan dentro, en parte por la inmovilidad obligada que impuso un corte en una pierna que seccionó tres tendones. En parte por el miedo. Los amigos que antes iban a tocar "los cueros" –instrumentos de percusión que se apiñan entre el aquelarre de herramientas– empezaron a sentir las amenazas y dejaron de visitarlxs. Andrea, sin embargo, no puede dejar de amar la cotidianidad que había empezado a construir con su novio. De pie frente al vidrio recauchutado de "Cicles Brettes" dice: "Está lindo el barrio". Será el sol que la pone optimista. Aun a riesgo de dejarse llevar por el prejuicio, se puede confesar que cuesta ver la belleza en esa esquina de Isidro Casanova que exhibe un triángulo de tierra donde ya no queda pasto, una calesita olvidada y el pegoteo de afiches que anuncian el show de un grupo llamado Ku-lona. Sobre el asfalto cariado que aumenta el ruido de los colectivos ondean los pasacalles: "Compro pelo. Cambio tu estilo y pago hasta 1800". Debe haber al menos 60 personas en la plazoleta, entre las paradas de colectivo y los negocios, un tránsito habitual de gente, telón de fondo inconmovible del hostigamiento constante contra Ian y su novia, aunque sobre todo contra él.

"Yo creo que soy así desde que nací. Siempre quise ser un varón, es como suelen decir, que tenés un cuerpo equivocado. Aunque yo sé que siempre voy a ser trans y está bien. Sí es verdad que me quiero operar. Me gustaría sacarme de acá –dice y se señala el pecho–. A mí me encantaría poder usar una musculosa y no estar mostrando las tetas, tener un pecho lisito, de varón." Si el género puede ser una máquina de violencia, Ian pone un ejemplo concreto enunciando su deseo; ese "atributo" que se supone femenino no parece pertenecerle siquiera a quien lo porta. Es de los otros, de la mirada de los otros.

"Volví de España en 2001, a fin de año, porque me avisaron que mi papá estaba muy mal. Allá había visto a un médico ya, Iván Mañera, para hacerme la mastectomía y empezar el tratamiento hormonal. Pero bueno, también tengo toda la vida para hacerlo y él no podía esperar. Fue muy lindo, estuve cuatro meses acá con él, me enseñó todo de su oficio. Porque mi papá corría carreras de bicicleta y mi tío también. El quería tener un varón y bueno, después de cuatro mujeres vine yo, el trans. Para él siempre fui su hijo. O su hija, pero siempre me respetó. Y mi mamá también, para ella soy Ian. Desde los 20 que soy siempre Ian."

Después de la muerte de su papá, Ian siguió con el negocio, orgulloso de las fotos que muestran el local en sus diferentes épocas, de conservar la bici con que de niño corrió su hermano mayor una competencia, y también de los ídolos y colores rastafari que para Ian son su religión y su filosofía. "Lo que pasa es que en ese momento yo tenía una familia, vivía con mi pareja que tenía una hija que iba a la primaria y no me veían tanto por acá, venía, me iba, era el hijo de Brettes y listo. Desde que me separé y después me junté con Andrea, bueno, me empezaron a ver, a pensar, '¿Es el hijo o la hija?' '¿Quién es el travesti este?' A la gente le molesta mucho una persona distinta en el barrio. Y más que yo soy tranca, toco mis cueros, hago artesanías, estoy en la mía y eso es peor porque creen que soy débil. Tal vez si fuera quilombero no serían tan agresivos." Pero lo fueron, de hecho, desde que se escuchó el primer "marimacho" en la cuadra enunciado como un insulto, la violencia siguió trepando su espiral. Y las denuncias policiales que se suponía que servirían de protección fueron el arma de doble filo que terminó cortando la historia de Ian en dos, antes y después.


"Acá en la plazoleta paran unos pibes a los que yo siempre les presté herramientas, los traté bien, no había ninguna mala onda. Hasta que después de lo del matarife, un día vinieron a pedirme la amoladora justo cuando estaba con un cliente. Les pedí que esperaran un poquito, que la estaba usando. Y ahí empezaron: '¿Qué te pasa, estás indispuesta, torta de mierda?'" Las estrategias del macho no son muy creativas, hay que decirlo, y sin embargo la humillación encuentra su huella en cicatrices mal cerradas.

El hostigamiento fue cotidiano, desde la primavera hasta diciembre. Perseguían a Ian y a Andrea cuando lxs veían por la calle, le mostraban los genitales como nenes crueles que exhibieran un chupetín a quien no se lo puede comprar, como si Ian creyera, como ellos, que ser hombre es tener un falo entre las piernas. "Se llegaban a desnudar por la calle, '¿vos querés ésta, no?', me preguntaban, un asco. Y siempre la homofobia de por medio. No es por hacerme la víctima, yo no me quiero hacer la víctima, es así nada más. Y todavía siguen igual, el domingo mismo volvieron con los mismos insultos y los mismos argumentos." Pero el 22 de diciembre de 2008, los insultos trocaron en golpes. Puños, palos, patadas; contra Ian, contra Andrea y contra un amigo que estaba en el local a punto de compartir la comida que habían preparado ahí mismo. Era casi de día, cerca de las nueve de la noche. Hernán, Víctor, Marcelo y Malena. Ian duda en decir sus nombres pero de inmediato se convence de que es necesario aunque no sepa sus apellidos. Es una manera de conjurar al miedo, de afirmar esta boca es mía y también puede ser una herramienta. Aun cuando haberlos denunciado, esa misma noche de verano, sirvió para nada. Un llamado al 911, la exhibición de las marcas de los golpes, los vidrios rotos del local, nada de eso conmovió al teniente primero Pablo César Balbuena, de la Distrital II Oeste San Carlos. No quiso tomar la denuncia, no llevó a los amigos a la comisaría, dijo que iba a mandar un patrullero mientras él iba a perseguir a los agresores y nada de eso sucedió. Ian y Andrea fueron al día siguiente, con unos moretones tumefactos perfectamente fotografiados y archivados en sus carpetas marrones, a la Distrital para que les tomen la denuncia. Allí, otro agente, apellidado López, les dijo que tenían que esperar a Balbuena. "La verdad es que si hubiera que pegarle a todos los putos que hay por ahí no daríamos abasto... algo más debe haber pasado", dijo López haciendo gala del mecanismo habitual de culpar a la víctima. Nadie tomó la denuncia ese 23 de diciembre. En ese mismo momento llamaron al Inadi, donde les pidieron los datos de la comisaría y les dijeron que se presenten a hacer la denuncia al día siguiente porque se iban a encargar de que se las tomen. Esta vez, como regalo de Navidad, fue Balbuena el que atendió: "No les puedo tomar la denuncia porque ya las denunciaron a ustedes por riña callejera. Yo no puedo hacer nada". Ian y Andrea guardaron la bronca como pudieron, con esa energía volvieron al Inadi el primer día hábil de esa semana de fiestas. "Pero nos pedían los apellidos de los pibes, las direcciones, los teléfonos y pruebas que eran imposibles. Nos sugirieron que fuéramos al Colegio de Abogados de Morón, pero al final nos desalentamos. Ni siquiera sabíamos entonces que podíamos hacer una denuncia directamente en la fiscalía".


"¿Qué me mirás, lesbianade mierda?" Ese fue el único aviso de lo que vendría, ¿pero cómo iba a adivinar Ian que la infección del odio iba a explotar cuando los insultos contra él se habían vuelto cotidianos? El panadero de la esquina, Martín David Albarrán, el que tiene un local alquilado que linda con el suyo, había hecho blanco sobre él. "Pero yo, con esa cosa que tengo de querer arreglar todo hablando, como un boludo, me acerqué. Y me entró a pegar, piñas, patadas, me revoleaba de los pelos... los empleados de él lo querían parar y no podían, hasta vino la mujer y sin soltarme le dio una piña tremenda..." ¿Qué tenía que defender a esa "gorda tortillera"?, gatilló con la lengua el panadero mientras zarandeaba el cuerpo de Ian, desarticulado por la sorpresa y la humillación. "Me tiró contra la vidriera de su negocio y mi pie atravesó el vidrio, el tipo me agarró del piso y me arrancó de ahí. Se abrió un tajo gigante, cortó tres tendones, me tuvieron que hacer cirugía para que no perdiera la movilidad del pie. Ahí vinieron tres patrulleros porque el tipo estaba sacado... se ve que alguien más que Andrea llamó."

Fueron tres patrulleros, los efectivos bajaron de sus autos, Albarrán, el panadero, encontró consuelo en sus uniformes: "Miren lo que me hizo, me destrozó el negocio". Ian sangraba en el piso, Andrea pedía por ayuda. Nadie se acercó, ni los policías, ni los vecinos, ni las vecinas. Al menos por diez eternos minutos. Ian era otra vez invisible a pesar de la sangre, de los gritos de su novia, del propio dolor que después del desconcierto empezaba a sentir. "Los canas me miraban y se reían, murmuraban con el panadero..."

El remisero que finalmente lo trasladó al Hospital Paroissien le dijo que él había visto cómo lo arrancó del vidrio roto lastimándole todavía más la pierna. Pero todavía no saben si saldrá de testigo. En realidad, no hay una causa abierta por esta agresión hacia Ian. Lo que hay es una imputación contra él por daños y lesiones que la policía tomó correctamente y que lo obligaron a firmar, notificándose, cuando pudo trasladarse hasta la comisaría para hacer su denuncia. Otra vez estaba ahí Balbuena para atenderlo. Le pidió sus datos completos: nombre, dirección, DNI, teléfono. Cuando terminó le dijo que estaba "imputada" y que él, teniente primero, no podía hacer nada porque el otro había actuado primero.

A fin de mayo, Andrea tuvo que ir a la fiscalía para radicar otra denuncia, Albarrán la había visto entrando a la bicicletería y al grito de "lesbiana conchuda" le juró que la iba a matar mientras pateaba la persiana de "Cicles Brettes". Después vino la amenaza de que no les iban a renovar un contrato de alquiler, que la relación contractual de más de 30 años que había empezado con el padre de Ian iba a terminar porque si no el panadero no iba a volver a alquilar el local de la esquina. Finalmente se resolvió, pero el hostigamiento nunca se detuvo. Hasta que el 18 de julio llegó la notificación que hacía un mes la comisaría tenía cajoneada para que se presentara a ratificar la denuncia por lesiones que un año antes había presentado Ian contra su otro vecino, César Rodríguez, el matarife. "Corrigieron la fecha adelante mío, no sé por qué no me la habían traído." Y fue esperando en la puerta de un juzgado cuando conocieron a Johana, una travesti a quien Andrea y Ian le contaron su historia, que pudieron empezar a hacer otro camino que todavía no termina.


"El problema es que nadie quiere ver o entender lo que sos. Acá está culturizado que haya transexuales de varón a mujer, pero no al revés. Una vez fui al Hospital de Clínicas porque me había dicho una amiga travesti que ahí le daban hormonas y me sacaron corriendo, me dijeron que lo que yo quería era imposible. Ahora mismo que nos conectamos con otras compañeras que nos están dando una mano, unas dicen que somos lesbianas y otras se ofenden porque apareció eso en una lista de correo. Me piden a mí que me defina, que diga si soy 'una concha o un transexual', no sé qué pasó, es como que a pesar de los golpes que sufrimos todos no podemos entendernos." Lo de siempre, Ian parece invisible, aunque su voz sea firme y su boca no deje de decir cada vez que es transexual porque así se reconoce, un hombre transexual, con el cuerpo que tiene, el mismo que quiere modificar pero del que no reniega. "Yo soy yo. Ian. Y mi nombre es un apócope del que me dio mi mamá con todo su cariño y del que tampoco voy a renegar. Yo en mi cabeza sé muy bien quién soy. Me encantaría tener barbita, eso sería piola, y no tener que usar musculosa y mostrar las tetas, pero siempre voy a ser trans. Ahora parece que confundo porque tengo el pelo largo. Pero porque tengo mis rastas, es por mi ideología rastafari, no voy a renegar tampoco de eso. No soy un típico chongo ni lo voy a ser nunca. Estoy en contra del machismo y siempre respeté a la mujer. No reprimo mi lado femenino, todos lo tenemos. Existe mucha diversidad, pero parece que a todo el mundo lo tranquiliza una etiqueta bien clarita."

Afuera, del otro lado de la puerta con llave de la bicicletería, un patrullero estaciona y se baja un policía. Va a buscar el pan de cada día en el negocio de Albarrán. Dentro, Ian acomoda otra vez sus carpetas de fotos, papeles y denuncias entre las figuras de Buda y de Shantii, una diosa india; entre un libro de Barthes, La cámara lúcida, y otro de Paulo Coelho; entre los discos de Bob Marley y de la argentina Alika. Ahí está todo lo que quiere y también lo que no. Conviven el miedo y la decisión de que no lo expulsen del lugar que él quiere tanto como quería su papá que él quisiera. El 12 de septiembre, le ofrecieron en el Inadi, se organizará un festival "en contra de la violencia, pero de toda violencia, como para que se me vuelva en contra", dice él que sabe que en ese barrio va a quedarse. Y que de alguna manera va a tener que seguir viviendo. O de una manera, como Ian, ese varón trans que usa rastas hasta la cintura, escucha reagge como si fueran mantras y tiene pulsión por solucionar los conflictos hablando. Aun cuando eso mismo le cueste sangre.

Cocacolero


Naty Menstrual

La cuestión era revolcarse. Tratando inútilmente de ahogar con leche tibia aquellas profundas penas. A veces en esos retoces sin identidades se me cruzaba alguna piel, un beso, que se me colgaba del corazón, y se quería quedar enredado en algún abrazo que abrazaba mi ilusión y algún sueño. Los que eran, no eran, y los que querían ser, no valían la pena... para mí.

Esa tarde, era una tarde más, donde debía sí o sí sumar algún punto a mi carrera promiscua sin sentido, o con demasiado sentido que no quería averiguar. La ansiedad me mataba, las uñas me crecían a una velocidad muchísimo más lenta de lo que me las devoraba en una actitud desaforadamente caníbal. Me sumergí en la red que me proveía hacía muchos años ya, de mis presas de cacería diaria. Quizás sería ése el día... quizás. Salí del cyber. Había tirado mis redes en la red con un empobrecido anzuelo. Me harté. Me fui. Me cansé. Estar sumergida tanto tiempo me hacía desear respirar un poco de aire fresco. Me iba para casa, a ver si sonaba el teléfono y me entretenía por lo menos con una conversación pseudocaliente, con algún chongo de turno del que jamás iba a saber ni siquiera su número de documento. Apoyado sobre un coche en la vereda, un chongo de pelo rubio, ondulado y largo casi hasta la cintura agarrado con una gomita floja, morrudo, cruzado de brazos con cara de muchacho caliente pero bueno, vikingo de ensueño, me esperaba tranquilo. Me hizo señas y no podía creerlo. Me esperaba a mí. No podía ser cierto. Nos saludamos, subimos con la naturalidad de habernos conocido en algún lejano tiempo. Era simpático, callado, directo. Me agarró, me dio vuelta, me apoyó, me empezó a recorrer el cuerpo con la certeza del que está pasado de seguro de lo que está haciendo. Me tocaba, él detrás de mí frente al espejo. Me besaba el cuello, me masturbaba como si en vez de una pija me colgara el clítoris de Kim Bassinger en nueve semanas y media detrás de la persiana americana, un clítoris largo y grueso. Y sus besos. La temperatura de su piel. Su pelo. Sus labios tibios. Demasiado tierno. Me dejé llevar, me olvidé de mi ama de llaves interna, perversa dominatriz amaestradora de perritos falderos eyaculadores precoces sin resto. El podía solo, eso era increíblemente cierto.

Aquel dulce vikingo me esperó para llegar, me dominó, me mimó hasta que quedamos tirados en la cama sonriendo. Le pregunté qué hacía con la única intención de, por lo menos, por unos breves segundos, retenerlo, me miró, y me dijo con una voz de macho de barrio despojado y dulce:

—Soy cocacolero.

—¿Cocacolero?

—Trabajo en el Luna Park vendiendo coca cola en los espectáculos

—Y hablaba haciendo señas como si tuviera sobre sus manos una cargada bandeja de coca con hielo.

Me dieron ganas de comprarle todas las coca colas del mundo, para que se quedara conmigo desnudito con su bandeja apuntando al cielo. Siempre había pensado que si bien la Pepsi no me jodía, la Coca Cola era mejor, como cuando uno tiene que elegir entre River y Boca, por ejemplo... de chica ya había elegido a Boca y ahora ese macho vikingo hermoso me había hecho terminar de decidir... yo, indudablemente, ya sabía qué gaseosa pedir cada vez que entrara a un kiosco, así, por lo menos, entre sorbo y sorbo, con las cosquillas de las burbujas infladas de gas acariciando mi corazón y mi cuerpo, podría imaginar aquellas caricias suaves y dulces de mi hermoso vikingo. Mi hermoso vikingo... Cocacolero...

Humo malsano

llego a este café como he llegado miles de veces
buscando el refugio del solitario
que se come así mismo por el desamor
miro de reojo a los demás desterrados
de los bares de las cantinas y discotecas
como remojan las penas en negros cafés
como abstraídos sus pupilas se dilatan
en medio de un liquido tan negro como su alma
yo agradezco a la bendita suerte
el haber creado estos urbanos refugios
y los retazos de conversaciones anónimas
y a las rubias fáciles
y a los vicios persistentes
y también le agradezco el hecho
de ser uno mas de los ilusionados
que esclavizados en las obscuras verdades
de los diarios matutinos
buscan caminos
devorando problemas sin solución
mientras sus ulceras son acariciadas
por el ácido embrujo de la mezcla robusta
“negra como la noche fuerte como la muerte”

Biografía no astorizada

La figura de Piazzolla es tan icónica como esquiva. Desde las discusiones sobre si hacía o no tango hasta sus cambiantes posiciones políticas, pasando por sus polémicas más marketineras que sustanciosas, lo que se ha dicho y escrito sobre él hasta ahora parece haber esquivado el corazón del asunto: por qué y cómo consiguió convertirse en una figura musical y cultural a la altura de Miles Davis, Jobim y Los Beatles, casi un equivalente musical de Borges. Con el propósito de explorar no sólo la vida sino el complejo entramado cultural en el que se entretejieron el tango de los '40, el jazz de Nueva York, los maestros de barrio y una larga cadena de malentendidos, Diego Fischerman y Abel Gilbert se tomaron cinco años para escribir Piazzolla: el mal entendido, una biografía que aspira a llenar el sorprendente vacío escrito que existe alrededor de ese hombre cuyo sonido parece haberse adherido para siempre a Buenos Aires.

Juan Pablo Bertazza


Ninguna persona sigue siendo la misma una vez que alguien escribe su biografía. Y, de algún modo, ninguna biografía puede permanecer ilesa luego de que Borges las desbaratara a todas con su sagrada hinchapelotez: "Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que pertenecieron a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esta paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía". Esa misma paradoja alcanza cimas laberínticas en Piazzolla: el mal entendido (Edhasa), la imposible y, al mismo tiempo, urgente biografía –sin ninguna inocencia, sin ninguna despreocupación– escrita a cuatro manos sobre una figura de lo más compleja que aún hoy no sólo está hecha de pasado, sino también de presente y de futuro, una figura sobre la cual se dijo mucho y se reflexionó poco y que, para complicar todavía más las cosas, aparte de tener mucho en común con el propio Borges –no sólo por su talento sino por sus respectivas estrategias para ingresar al canon desde vías sesgadas y marginales–, arrastra en su propio itinerario estético y musical gran parte de la historia de un país que todavía se remuerde la conciencia por no haberlo entendido del todo, una figura que reaparece en contextos divinos y en contextos patéticos, como el entierro de Neustadt donde la Argentina que no queremos ver y todavía existe despedía al periodista con una versión siniestra de "Fuga y misterio".


Sus autores, Diego Fischerman y Abel Gilbert –acaso por su combinación de escritores, periodistas y músicos– cuentan semejante desafío en una charla dinámica, plagada de entradas y salidas, que tiene mucho del universo musical: bastante armonía pero también más de un contrapunto, fraseos al unísono y también fraseos polifónicos donde dejan entrever sus propias diferencias, palabras a capella y palabras acompañadas del instrumento por excelencia de este libro: la intersección entre la música y el discurso de Astor Piazzolla.


Con capítulos que sólo llevan por título un anclaje espacio-temporal –años y nombre de la ciudad donde vivió Piazzolla durante cada período de su vida– esta biografía, efectivamente, constituye un minucioso entretejido de su vida, música y discurso al mismo tiempo que va armando parte del complejísimo rompecabezas que constituyó el escenario histórico-cultural de buena parte del siglo XX de nuestro país, con referencias a libros y películas de la época en las que, según repiten los autores, nunca faltaba un militar ni un sacerdote. Pero cada vez que la acumulación de datos y reflexiones amaga con desviar la atención del lector, el libro echa mano también a una serie de anécdotas que ventilan la lectura, como por ejemplo las palabras que Gardel le dedicó a Piazzolla durante el set de filmación de El día que me quieras –en la que Astor desempeña un breve papel de diariero–: "Vas a ser algo grande, pibe, te lo digo yo. Pero el tango lo tocás como un gallego".


"Por un lado, debido a sus características, la figura de Piazzolla nos exigió meternos con lo que era la Argentina pero, al mismo tiempo, nos ayudó a entender el país, porque para hablar de Piazzolla es imposible limitarte a hablar de música", comienza Diego Fischerman.


"Es uno de los músicos más importantes del siglo XX y reclama ponerlo en la mayor cantidad posible de coordenadas; analizar cómo dialogaba y cómo no porque es de sus conocimientos conscientes sobre muchas cosas pero también de su indiferencia que surge el proyecto Piazzolla, un proyecto totalmente universal. Piazzolla expresa y concentra como pocos los anhelos truncos de modernidad cultural de la Argentina: es un tanguero de los años '40 o '50 que viajaba a Japón y volvía con 15.000 dólares, lo más parecido a lo que hoy es un rockero: un personaje cosmopolita, que conocía el mundo, que viajaba y había vivido en otros lugares que no eran Argentina. Para encarar este desafío nos apoyamos en dos columnas: primero el reconocimiento de que nuestra propia educación sentimental está muy ligada a él, y después el tremendo vacío de análisis, libros y biografías que hay en torno de una figura de esa envergadura", remata Gilbert.


¿A qué atribuyen semejante vacío?


FISCHERMAN: Bueno, es que lo hay también con respecto a Troilo, la evolución de los estilos en el tango e incluso en torno del rock argentino: no tenés un libro que analice el surgimiento de Almendra, Manal o Los Gatos y, mucho menos, una reflexión más sociológica sobre qué articulaba la polémica Redondos versus Soda Stereo, temas sobre los que, en cualquier lugar del mundo, se hubiera escrito muchísimo. Acá se escribió mucho sobre El Tango, así, en general, pero no sobre los tangos, como si todo El Tango fuera lo mismo, un poco lo que pasa ahora con el rock y esa cosa ecuménica de la Mega, donde entra todo. Además siempre se habla de identidad nacional y uno se pregunta: ¿cuál es la identidad nacional, la de Tanturi o la de Salgán? Porque sonar suenan muy distintos: entonces el que se puso a escribir, ¿se puso a escuchar las orquestas y reparó en que sonaban muy distintas? En la segunda mitad de la década del '50, cuando Piazzolla empieza con los grupos chicos –primero el octeto, después el quinteto–, estaba la revista Contorno con Sebreli, Masotta, los hermanos Viñas, que hablaba de política, artes plásticas, literatura, cine, pero nunca de música.


GILBERT: Sí, pasa algo con el tango y con la música en Argentina. El tropicalismo, por ejemplo, generó en Brasil muchas discusiones entre intelectuales y músicos, acá una polémica entre Charly García y Beatriz Sarlo es imposible desde los dos lados. Caetano no es fruto de un hecho meramente individual sino de su confluencia con filósofos, músicos, artistas plásticos, poetas concretos, y ese tipo de combustión en Argentina no se dio. Los intelectuales orgánicos argentinos nunca concibieron la música como lo que es: un medio de construcción de subjetividad. Yo creo que un tipo como Piazzolla te obliga a pensar en todas estas cuestiones y, al mismo tiempo, te permite ir de un lado a otro sin sentir en ningún momento que estás forzando la situación.


EL MALENTENDIDO DEL MAL ENTENDIDO


Desde la foto que eligieron para la tapa del libro, tomada durante el último concierto de Piazzolla en Buenos Aires, en la que se lo ve de espaldas, no sólo al público sino también a la misma escritura musical, Fischerman y Gilbert concentran su lectura y su escucha sobre Piazzolla desde los equívocos que, según ellos, son el mismísimo motor del arte y, por supuesto, de la carrera de ese hombre que, sin ir más lejos, fue bautizado mediante un error: Vicente Piazzolla –que luego pasaría a la historia como Nonino– le puso a su hijo un nombre que no existía, un nombre con el que buscaba homenajear a un amigo italiano que, por mero capricho, usaba una abreviatura de su propio nombre, Astor en lugar de Astorre. Y como si eso fuera poco, el instrumento asociado inexorablemente a Piazzolla, el bandoneón –un instrumento azaroso no sólo en su invención sino también en la manera en que se volvió signo por excelencia del tango– fue comprado por su padre cuando él tenía ocho años en una casa de empeño del Chinatown de Nueva York, el sitio marginal dentro del centro donde Astor vivió durante buena parte de su infancia.


"Además de ser un personaje anfibio entre lo supuestamente alto y lo popular, además de estar siempre a caballo entre el margen y el centro, Piazzolla encarnó toda su vida la contradicción de querer ser inmensamente vanguardista y, a la vez, lo más aceptado posible con ese mismo vanguardismo; quiere todo y se enoja con la gente cuando no lo escuchan", agrega Fischerman.


"Lo cierto es que nunca le fue mal: cambiaba todo el tiempo de sello discográfico y cada vez le pagaban más dinero: él sobreactúa su adversidad, los otros sobreactúan la mirada de él como el mal y todo se sobreactúa y sobredimensiona en una especie de gran esperpento de tergiversaciones y malentendidos", completa Gilbert.


Lo notable es que este mismo libro surge también de un malentendido: "Cuando escribí El efecto Beethoven la editorial no quiso poner un editor musical, sólo querían poner un corrector de estilo aunque en el estilo estoy más o menos seguro. Yo necesitaba a alguien que pudiera decirme lo que no estaba claro o si me confundía, por ahí, al poner la palabra 'escala', cuestiones que tenían que ver con el lenguaje técnico. Entonces Abel se ofreció a hacerme de editor informal y ad honorem, y entonces nos quedaron ganas de hacer algo juntos", recuerda Fischerman. Y ese encuentro surgido de un malentendido se unió a la necesidad que veían los autores de hacer un libro sobre Piazzolla que se arremangara en el discurso musical, que analizara si lo que él decía con respecto a su música era realmente así o no, que indagara en las formas en que él quería que fuera vista su obra, ya que si de algo hay material es justamente de Piazzolla hablando sobre su música, no sólo en diversas entrevistas sino también en las numerosas notas que redactaba para sus discos, muchas de las cuales lo vuelven casi un crítico musical.


¿Piazzolla era consciente de los malentendidos que generaba?


FISCHERMAN: Algunos malentendidos son forzados, otros son forzosos y otros, involuntarios. Piazzolla no era bueno con los nombres: decía "escuché un disco", "estuve con tal músico de jazz" que, por ahí, no existía. Tenía esas cosas, pero no había ahí una intención de darse aires sino que se olvidaba. Yo creo que los malentendidos son inevitables y, a veces, los creadores juegan con eso, pero yo no sé si Piazzolla era tan consciente: la propia figura de Boulanger (la profesora francesa que, luego de escucharlo ejecutar "Triunfal" al piano, lo interrumpió para sentenciarle "no abandone jamás esto, ésta es su música, aquí está Piazzolla") es un gran malentendido: no era la gran maestra prestigiosa en ese momento pero sí la tipa que terminó dándole a él, de forma inesperada, una lección que lo marcó y lo envió hacia donde correspondía aunque sin las características elegíacas que los biógrafos le dieron.


GILBERT: Sí, también el título apunta a tratar de entender el mal, porque Piazzolla es puesto en el lugar del mal: es el hombre que viene a enterrar al tango, aun cuando el tango en el sentido más pacato ya estaba enterrado solo y, en todo caso, él no era otra cosa que un mensajero de esa muerte.


Ese también es otro gran malentendido.


GILBERT: Por supuesto, el error de algunos de creer que la música rioplatense había vivido una época de oro de más de tres mil años y que, de repente, alguien lo mata desde afuera, cuando el tango tuvo un proceso de formación muy breve. Es más, el rock hoy tiene más años de decadencia que el tango y nadie lo dice. La prueba es que para la generación de los '70, el tipo que se remitía a los '40 o '50 era objeto de mofa, y hoy Pedro y Pablo se vuelven a juntar para cantar "Yo vivo en una ciudad", y ese tema que ya tiene cuarenta años sigue siendo una de las mejores canciones de rock, con lo cual ahí tenés la pauta de que pasó muy poco. Es un error reclamar una vigencia tan prolongada a un género popular y, en esa época, había muchos debates sin sentido con personajes que parecían vivir en frascos de formol, como las imágenes de La invención de Morel. Los interlocutores de Piazzolla eran Soldán, Neustadt, porque él, con cierta astucia, evitaba las discusiones reales, él elegía como contendiente a un ignoto cantante de tango como Héctor Varela...


¿Cuál consideran que es el gran error de quienes lo idealizan?


FISCHERMAN: Decir que es el Gershwin argentino; él quiso serlo, pero es mucho más un Charlie Parker, está mucho más del lado de la música popular.


GILBERT: Estoy de acuerdo. El gran error es asegurar contra viento y marea que era un músico clásico que renunció a los oropeles de los grandes teatros para hundir los pies en el barro de lo popular. Piazzolla es un adelantado a su tiempo porque entiende el lugar jerarquizante de la música clásica, que es la gran legitimadora, el paraguas sacrosanto bajo el cual podés cobijarte, ese mismo valor sigue estando ahora cuando dicen que Charly tiene oído absoluto.


FISCHERMAN: Sí, Beethoven era sordo, qué sé yo...


¿Y algo que entienda mal el propio Piazzolla?


GILBERT: Justamente, él tiene su propia confusión acerca de cuáles son los sistemas de referencia más avanzados de la música –el primer Stravinsky y ciertas cosas de Bartók inoculadas por su maestro Ginastera– pero, al mismo tiempo, termina siendo muy avanzado al llevar eso a la música popular. Cuando llevás los supuestos valores del gran músico a otro contexto se terminan transformando: ahí hay un primer malentendido que genera un efecto tremendamente revulsivo en el tango. Piazzolla maneja una conexión permanente entre el centro y la periferia y ahí arranca un juego impresionante de espejos: es malentendido por el mundo de la música clásica que lo relega a una especie de submúsica, él entiende mal y, a su vez, lo entienden mal, pero todo se convierte en creación.


FISCHERMAN: Después hay otro malentendido: Piazzolla cree y se queja todo el tiempo de que no lo aceptan por ser demasiado moderno y, en realidad, cierto público de acá no lo acepta porque lo ve demasiado antiguo: su espectáculo teatral u operita María de Buenos Aires (1968), con libreto de Horacio Ferrer, fracasa porque a la intelectualidad porteña no le interesa, por la sencilla razón de que no le podía interesar a nadie que hubiera leído, ese mismo año, La traición de Rita Hayworth. Para colmo, él termina siendo aceptado, a nivel mundial, como adentro de la tradición: pese a tanta ruptura y tanta supuesta revolución, para los franceses, por ejemplo, el auténtico tango es el que hace Piazzolla.


PIÑAS VAN, PIÑAS VIENEN: PIAZZOLLA POLEMICO


Astor Piazzolla atravesó –vigente, siempre vigente– tantas etapas artísticas y tantos períodos históricos –su itinerario va desde el nacimiento del micrófono eléctrico hasta la grabación digital; desde el gobierno de Ramón S. Castillo hasta la primavera alfonsinista, pasando por el peronismo, la caída del peronismo, Illia, Onganía y la última dictadura– que es algo así como una rara mezcla de Orlando y Zelig vernácula pero a la vez cosmopolita. Incluso figura, ya sea como personaje o referencia, en buena parte de la literatura argentina del siglo XX, en una gama que va desde Dar la cara de David Viñas hasta Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador de Sabato.


"Y a ese mapa cultural hay que agregarle un registro musical, si querés impreciso, muchas veces idealizado y no del todo consciente, pero que va desde los orígenes del tango hasta el rock: porque Piazzolla, a diferencia de otros músicos que cristalizaron su estilo, va escuchando y registrando, con mayor o menor acierto, un poco de todo; él le va tomando el pulso a todo lo que va pasando: es el orquestador estrella de Troilo en los '40, es decir, si no existiera nada de lo que se llama Piazzolla –que es el Piazzolla posterior al '60–, igual seguiría siendo un tipo importantísimo como músico de tango. En los '40 –el primer arreglo suyo es de 1943– es el tipo que más arreglos firma para la orquesta más canonizada del tango en su momento de mayor gloria, ese tipo está ahí y está después, en el '78, haciendo un grupo con pibes como Tomás Gubitsch u Osvaldo Caló, que venía de Los desconocidos de siempre. Piazzolla empieza en un mundo y termina en otro totalmente diferente. En lo político también tuvo varias vidas", se explaya Fischerman.


En cuanto a lo político, también es una figura muy criticada. ¿Discutieron al respecto a la hora de hacer el libro?


GILBERT: El proyecto de Piazzolla era, en cierta forma, el del músico aséptico, que podía pasar de escribir un oratorio a Perón, después tocar para Onganía, después ir a tocar para Fidel Castro, después grabar la música de Salvador Allende y después apoyar a Pinochet. Pero no hay que pensarlo en términos políticos sino definirlo como lo que era: un músico profesional que hace una música para Astiz en el '82, después la dibuja un poco y se la dedica a Solanas, en ese borramiento demuestra que puede ir para cualquier lado con el mismo significante.


FISCHERMAN: Es muy fácil indignarse con Piazzolla: si uno hace un poco de memoria, en las dictaduras, exceptuando un poco la última, no hubo en términos generales mucha conciencia de que el país estaba ocupado. El no era intelectual, no tenía mucha solidez política, Piazzolla tenía la misma inconsistencia ideológica de la clase media, de los que un día dicen "si vuelve Menem, me voy del país" y al rato lo están extrañando. Piazzolla es también un gran fabulador: viene acá y dice "el tango está muerto", después se va a Italia y usa la palabra "tango" hasta el hartazgo, tiene un gran sentido del oportunismo.


¿Qué importancia tuvo en su carrera la provocación?


FISCHERMAN: Mucha, para bien y para mal: le sirve y, al mismo tiempo, le granjea enemigos porque estaba peleado con todo el mundo. Una vez Speratti le pregunta si es verdad que se la pasa usando a sus amigos, y él responde: "Los que dicen eso no me conocen, yo tengo amigos de fierro, harían cualquier cosa por mí". El tipo contesta exactamente al revés y se caen todos los manuales de Amorrortu; lo mismo pasa con las minas de las cuales se enamora, son todas admiradoras de él.


GILBERT: Yo creo que apenas empieza uno a correr velos y velos de confusiones, de palabras dichas a medias, se da cuenta de que Piazzolla fue muy consciente del efecto de su discurso y también del escándalo. Le aplicaba el IVA a cada anécdota hasta hacerla irreconocible. Y en algún punto eso mismo le salía mal cuando se ponía a insultar a sus colegas. Si a Piazzolla de verdad lo trataban mal era por su fama de prepotente y patotero. No sé si Piazzolla hoy iría a lo de Rial a decir que no lo comprenden... pero tal vez sí, ¿eh?


FISCHERMAN: Es probable, porque era un tipo capaz de decirte: "Troilo hace diez años que se imita a sí mismo", y al hacerlo tenía la valentía que hoy un pibe de 18 años no tiene para salir a decir que Cordera hace muchos años que se imita a sí mismo. Hoy todos se halagan, abundan los homenajes a músicos vivos. Hay cosas que probablemente sólo se expliquen en términos de personalidad: él aunaba muchas certezas en cuanto a estilo con mucha inseguridad en otras cosas, mezclaba cosmopolitismo con una cosa muy provinciana, en el sentido de que se le acercaba el tercer trompetista de una banda de jazz norteamericana de segunda línea para decirle que conocía su música y el tipo lo contaba como si fuera el gran acontecimiento, siendo él diez veces más importante. Era patotero pero estaba muy pendiente de lo que decían de él. Hay una anécdota notable que no entró en el libro: él estaba mirando la televisión, esto lo cuenta el nieto, y un cantante ignoto de tango empezó a hablar mal de él porque "el tango es para bailar". De repente, la familia se da cuenta de que el viejo no está más en su sillón y aparece, al rato, en la pantalla pegándole una piña al que estaba hablando.


GILBERT: ¿Cuánto hace que los músicos no discuten sobre música? Fijate la pelea entre Charly y Calamaro... ¿por qué discutían ellos? Hace mucho que está instalado un ecumenismo total: hoy nos vendría muy bien alguien como Piazzolla, alguien que con sofismas y verdades a medias pudiera poner en movimiento, activar algo.


MAN IN BLACK: ENTRE DAVIS Y ELVIS


Hay una discusión que Fischerman y Gilbert repasan con el único objeto de entender el contexto cultural en que se recibió buena parte de la obra de Piazzolla, y que hoy resulta absolutamente obsoleta: la pertenencia o no de su obra al tango. Sin embargo, mucho menos transitada es la relación que Piazzolla tuvo y sigue teniendo con el jazz y con el rock.


"Lo que hace Piazzolla es instalar la vulgata de la música clásica para pararse como músico clásico frente a los tangueros y hablarles desde ese discurso del conservatorio Fracassi, que es el conservatorio de barrio, y sobreactuar esa pertenencia", dice Gilbert, y Fischerman se apura en dar su propia opinión: "Para mí no es la voz del conservatorio Fracassi, sino la de quien se formó con maestros particulares, porque él va más allá, reivindica un mundo más cosmopolita. Y efectivamente, eso pasó con el jazz. Para los músicos de tango sólo existía el jazz comercial: Glenn Miller y las orquestas, Piazzolla escuchaba otro tipo de cosa y hace algo similar a lo que hace Borges e incluso Arlt: tomar una enciclopedia rara, sesgada y convertirla en estética".


Quiere decir que sus saberes parciales se potenciaron...


GILBERT: Capaz que si hubiera completado su ciclo escolástico hoy no sería el gran compositor que es, sería uno más, porque el malentendido es la fuente que hace avanzar todo el tiempo a la cultura: Schönberg crea el sistema dodecafónico porque tiene la esperanza de salvar a la música occidental garantizando su unidad y lo que termina haciendo es disolverla.


¿Y cuál es el caldo cultural que había para que surgiera alguien como Piazzolla?


FISCHERMAN: San Genaro, milagro. No sé, como Borges...


GILBERT: Buenos Aires está todo el tiempo discutiendo su lugar en la tradición y su lugar con respecto al centro, creo que la dialéctica centro/periferia está colocando todo el tiempo personajes extraordinarios con muchísima dificultad de proyección interna pero con obras cuya importancia excede su lugar de origen. Con un mercado más que restringido y sin libertades garantizadas –te cortaban el pelo, te cagaban a trompadas–, acá todo se hace con una enorme cuota de esfuerzo y es una contradicción permanente, porque esa adversidad te da fuerza pero a la vez constituye un límite.


¿La relación de Piazzolla con el jazz es también un malentendido?


FISCHERMAN: Yo diría que su saber sobre el jazz es un gran malentendido que, al mismo tiempo, le permitió un margen de originalidad y de swing que nadie tenía... El tipo escucha un sonido de época, y escucha lo único que le podía servir. Si hubiera querido ser un músico de jazz, tal vez sólo hubiera sido un engendro: él toma una idea de swing, de avance y de solo. Si bien nunca tuvo un gran dominio de la escritura polifónica ni de la estilística, tiene en la escritura algo que remeda el solo del jazz, esa idea de creación espontánea que no la tiene nadie más que él en el tango: no usa la armonía ni el tipo de frase del jazz, pero sí cierta cuestión angular y de voces independientes que juegan entre sí. Por otro lado, es muy interesante que los únicos que valoraban su música acá, en Argentina, eran quienes provenía del jazz y lo veían como una esperanza blanca, porque su música tiene swing, tiene solos, tiene riesgo, es virtuosa y encima suena bien. Yo te pongo la grabación en vivo del '63 del Quinteto de Piazzolla tocando en la radio y no lo podés creer, porque en el '63 no había dos grupos en el mundo que tocaran así, y los músicos se daban cuenta.


¿Y dónde se nota especialmente su sello personal?


FISCHERMAN: La marca que queda de eso es el papel que tiene la interpretación: si Piazzolla toca un tango de Troilo ya no es de Troilo, es de Piazzolla, lo mismo que sucede cuando Charlie Parker toca un tema de Gershwin; en cuanto al bandoneón, él toca también de una forma que no toca nadie: por empezar, todas las notas que toca son sincopadas, todos los acentos aparecen desplazados, toda su música parece adelantada, corrida, lo cual le da mucho swing, eso más sus tipos de variaciones, los dibujos melódicos y su forma de acentuar.


¿Y qué pueden decir de su relación con el rock?


GILBERT: Yo creo que él ve en el rock la posibilidad de un nuevo público, una forma de nueva alianza, justo cuando empieza a considerar que el mercado de Buenos Aires está saturado. También hay que decir que es el único músico de tango que se sobregraba, es decir que entiende el concepto del estudio, aunque no entiende todas las herramientas que te da el estudio, va un paso adelante pero algo le queda en el resto. Con Los Beatles, por ejemplo, él tiene una escucha muy sesgada, nunca se da cuenta de que hacen más que cancioncitas.


FISCHERMAN: En la Argentina la idea de nacionalidad es un eje fundamental, cosa que en otros países del mundo no sucede. Pero muchos nacionalistas eran hispanistas, lo cual es un disparate, porque España es el imperio que nos tocó en suerte. Por eso, para cierto rock, Piazzolla aparece también como la gran esperanza blanca, como el tipo que tiene puesta la oreja ahí y tiene batería y guitarra eléctrica en los '50, se viste de negro y usa barba. Troilo a los 40 era un viejo, él a los 60 no. Cuando él llora con eso de que le va mal es porque se estaba comparando con Elvis Presley o con Los Beatles, no con Troilo, él vivía en Libertador. Piazzolla se creía una estrella pop y quería serlo, y realmente lo consiguió porque es uno de los grandes músicos de cultura popular del siglo XX con Jobim, Miles Davis, McCartney y Lennon, tipos que crearon un antes y un después. En el rock nacional hay todo un piazzolismo: canciones como "Viernes 3 AM", de Charly García, o muchas de las que componen el primer disco de Arco Iris recurren a Piazzolla para decir algo así como "hacemos rock pero sabemos música porque tomamos a Piazzolla, un tipo que además se vanagloria de saber de música". Esa es la gran cadena de malentendidos y, a su vez, "Viernes 3 AM" es genial y no precisamente porque se parezca a Piazzolla.


¿Qué se propusieron al hacer este libro?


GILBERT: La gente habla mucho de música pero yo no sé cuánto se la escucha, la escucha no como algo que hacés de fondo mientras te ocupás de otra cosa, sino la escucha profunda, comprometida. La intención de este libro es ayudar a instalar otro nivel de discusión.


FISCHERMAN: Me dan ganas de poner ahora mismo algo de Piazzolla: me sentiría muy bien si esto sirviera para eso, porque la cuestión con él es que su edición discográfica está llena de grandes éxitos, mezcolanzas y mucho título de "Adiós Nonino" que, como Tolstoi, compendian algo que no se puede antologar. Piazzolla se merece un tipo de escucha atenta al contexto: cuando escuchás Kind of blue, de Miles Davis, ya sabés que es del '59 y sabés lo que pasaba por entonces en el mundo. Lo mismo pasa cuando escuchás Revolver. A Piazzolla –o, mejor dicho, a los diferentes Piazzollas– se lo conoce muy vagamente y no se lo ha escuchado bien: gran parte de los que lo admiran y gran parte de los que no, en ningún caso conocen su música: es más su lugar simbólico lo que despierta aversiones y fanatismos.


La última pregunta: ¿pudieron verlo en vivo?


GILBERT: Sí, tremendo, en vivo era una máquina, lo vi mucho durante la última dictadura en el Teatro San Martín. En ese momento dejábamos de escuchar rock y queríamos otra cosa, él significó esa puerta de entrada a lo otro.


FISCHERMAN: Un amigo mío se acuerda de que fuimos a verlo en el '75 o '76 con el grupo electrónico y dice que yo salí furioso, abollé el programa y dije "este hijo de puta a mí no me miente más". La verdad que no me acuerdo mucho de lo que habré escuchado entonces.




Dos momentos en la vida


Siguiendo esa idea también borgeana de que hay un instante que decide el destino de un hombre, Fischerman y Gilbert se proponen desentrañar ese instante que decidió el destino de Piazzolla.


GILBERT: Considero que la vida y la obra de Piazzolla constituyen una sucesión de epifanías, pero creo que el haber conocido a su maestro Ginastera y haber sido el primer alumno particular de un tipo tan esquivo y sinuoso, significó para él, además de un marco de contención con respecto al mundo nocturno y prostibulario del tango, un verdadero lugar de privilegio.


FISCHERMAN: Yo me quedo con un momento mucho más importante de lo que parece: en el '59 él se va a Nueva York para intentar venderles cubitos de hielo a los esquimales postulándose como músico de jazz, y termina bien aceptado pero siempre como músico latino. En ese momento él aprende, sin embargo, la necesidad de ser conciso con el lenguaje musical: arma el Quinteto y configura lo que va a ser, al volver a Buenos Aires, un mayor aprovechamiento de recursos en lo que hace a la escritura y la composición. Después, para tomar un poco el mito de Piazzolla, elijo también el momento en que muere su padre y él compone, en el año 1959, "Adiós Nonino". Me lo imagino al tipo ahí en Nueva York haciendo música latina, tocando el bandoneón y mezclando un poco cinematográficamente el tema de Nonino, que ya existía, con un tema lírico de adiós que se le ocurre en ese momento, ésa es una gran epifanía.

La realidad supera la corrección

La existencia –y los relatos sobre ella– de un pacífico pabellón exclusivo para gays y travestis en una cárcel de Mendoza generó una discusión global sobre la efectividad de este tipo de medidas de discriminación positiva; aun cuando en España, por ejemplo, sólo se las vea como discriminatorias. Claro que, desde América latina, el debate se cierra sobre la urgencia de la situación carcelaria que no puede esperar por las medidas ideales.



Alejandro Modarelli

Como un hogar digno. Así define el cronista de un diario mendocino la vida de encierro de quince gays y travestis en el pabellón 14A del penal provincial Boulogne Sur Mer –conocido como Casa de Piedra, una de las más violentas del país–, cuya fama ha estado recorriendo el mundo y de- satado indignadas reacciones de activistas Glttbi españoles, que no quieren saber nada de un proyecto parecido en sus prisiones, por más bienaventurado que se presente.


Baldosas brillantes, malvones, calidez, y ropa bien doblada. "Los vasos y los platos tienen su lugar, la verdura el suyo." El cronista está fascinado por esa prueba de buen vivir ahí donde no se lo esperaba. Esos destellos de un bello mundo, de "un hogar más confortable que el propio", se asemejan en algo al clima mimoso que creaba el famoso Molina, de Manuel Puig, para cortejar a su compañero chongo de celda. Un beso de mujer araña conquista al visitante, que se va contento de ver restituida la gracia en aquellos raritos penitentes, cuya condición humana había quedado suspendida en la leonera, cuando se convirtieron en paquetes de prisión, según la jerga de los guardias. O en autos, como los llaman los presos machos en plan de caza sexual, vaya a saberse por qué. Quien se nombra en el artículo del diario como la madre de todos e inspiradora de aquel pabellón dorado, la travesti Andrea, busca que sus pichones sean mejores personas una vez que salgan a lo que se supone es la común libertad. Ella se presenta como un ejemplo de encauzamiento; ha sabido hacer del encierro el escenario de una libertad superior, mediante toda una técnica de estilización espiritual que la llevará algún día a mirar como ajena la vieja esquina prostibularia, y quien dice también su propio universo de deseo. Su alma ha sido develada y corregida por sí misma; ahora deberá sostenerse allá afuera, cuando le toque salir. Mire usted si en esa rara cárcel no parecen ya cumplidos los objetivos fundacionales de la prisión moderna. La existencia de un pabellón exclusivo de gays y travestis lleva en su naturaleza el peso obsceno de una contradicción: sería tanto un refugio de los presos homosexuales como un depósito de la sinergia homosexual.


Es fácil pensar entonces en aquel texto célebre de Pier Paolo Pasolini, La cárcel y la fraternidad del amor homosexual, escrito en un momento en que se discutía en Italia la autorización de las visitas íntimas conyugales. Pasolini entreveía en ese debate, antes que un proyecto para aliviar la vida afectiva de los presos, el miedo al devenir homosexual: "Quien haya expresado –aunque sólo haya sido en situación de emergencia– su propia homosexualidad (...) habrá enriquecido su propio conocimiento de las personas de su mismo sexo, cuya relación con las mismas no puede dejar de ser fatal y, naturalmente, más que de carácter homoerótico, tanto en el odio como en la confraternidad". Como en ese permiso sexual en la cárcel italiana, quien dice que en las luminosas razones de protección aducidas por el Servicio Penitenciario, al disponer de módulos especiales destinados a gays y travestis, no subyazga como su doble nocturno el terror a la diseminación de la homosexualidad. Una argumentación pasoliniana, claro está.


La notoriedad del pabellón 14A del Penal de Boulogne Sur Mer, y de otro equivalente en el Sao Joachim de Bicas, de Minas Gerais, forzó un debate global acerca de esas divisiones carcelarias que, por ejemplo, suenan a irritantes, aun si funcionan como resguardo contra la violencia y el maltrato por orientación sexual o identidad de género. Aun si funcionan como espacios amables, tolerantes. El presidente de la Fundación Triángulo, de Madrid, Miguel Angel Sánchez, habla en una entrevista de estigmatización o de gueto: "Hay que poner todos los medios para que no existan violaciones ni agresiones en las cárceles, sin discriminar entre héteros y gays. Prefiero el modelo español, con módulos para presos con buen comportamiento. Son pabellones más tranquilos y seguros, pero sin distinción de sexo, raza o religión". Aclara que "hay matices", pues las trans debieran ser enviadas a cárceles de mujeres.


Pero, desde este lado del Atlántico, las mejores opciones ideológicas no pueden contraponerse a la lógica del superviviente. Si hay que defender las grandes ideas, primero resultará indispensable salvarles el pellejo a aquellos en quienes después debieran encarnarse. Las cárceles en este Sur, donde los efectos de la superpoblación se corrigen además según el índice de machismo –el que la tiene más larga consigue más espacio–, no son sitios cómodos para dirimir o prevenir comportamientos.


Lo supo bien Celeste, una travesti que se conectó no hace mucho con el Area Jurídica de la CHA. Confinada al principio en el pabellón de homosexuales del Penal de Marcos Paz, su condición de portadora de VIH no parecía razón suficiente para que la institución reparase en las urgencias de su salud. De ahí sus reclamos de mejores condiciones de alojamiento, cada vez más clamorosos, que se asemejaban, en fin, a una forma de militancia solitaria. Esa molestia para los penitenciarios, y a veces también, parece, para sus compañeros y compañeras de celda –vaya uno a saber hasta qué punto el castigo que se le infería a la revoltosa se extendía a los demás–, tuvo su solución final: Celeste fue trasladada a una celda de presos comunes, en donde su violación permanente operaba como disciplina institucional inconfesable, suplemento sombrío de la ley pública escrita, a la vez que como descarga nerviosa y fisiológica de los duros. Así, en los avatares de esa violación tumultuaria, se defendía un determinado código de conducta general basado justamente en la suspensión de la ley pública, que parecía ahí insuficiente para mantener el orden de las cosas. La consiguiente lección es que toda exigencia ante los guardias debe ser siempre canalizada a través de caciques heterosexuales; es decir, de aquellos que en un punto, en un envés, sean considerados sus pares. Y no será una marica ni una trava quien se les plante.


Sin embargo, una orden ministerial apuró a los penitenciarios a retomar el camino jurídico. Celeste fue trasladada finalmente a una cárcel pampeana, donde se le ofrece hoy una vida un poco más fácil y la mano del verdugo toma la apariencia de un profesorcito que la reprende: "Así, con esos pantalones ajustados, no podés venir a la escuela. Distraés a tus compañeros". La escuela, lugar de sosiego, recuerdo del afuera, resulta a menudo el comodín diario del que se busca privar a los presos más vulnerables una vez que se revelan demasiado independientes. El bioeticista Leonardo Belderrain, capellán de la Unidad 32 del Penal de Santa Elena, escribe en Redes Cristianas respecto del pabellón de travestis, homosexuales y violadores, que "el sentimiento común de estos internos es que allí no llegan 'los beneficios', que nadie los mira con buenos ojos, que injustamente fueron apartados de la escuela. De no revertirse el statu quo escolar, se complica el intento de rectificar la conciencia de indignidad de estos internos. Sobre todo en cárceles como las nuestras, momentáneamente desmanteladas para el trabajo". Más adelante reprocha la falta de provisión de medicamentos y de una buena dieta alimentaria a aquellos que, con el VIH a cuestas, viven en una "agónica vigilia", y menciona que el jefe de la Unidad culpa de esa desidia a los infectólogos penitenciarios, "que no hacen nada".


En las prisiones, como en ninguna otra parte, ley del Estado y producción de delito se vuelven siameses. Aquello que se anuncia como rehabilitación de una personalidad amenazadora para la sociedad busca, no obstante, confirmarla ahí todo el tiempo. Respecto de las travestis, concluye Belderrain que "arrojadas a la arena del circo carcelario para que se las coja un violador, no se hace otra cosa que restaurar la máquina aristotélica de generar lo mismo. En ese sentido, el abusador es un gendarme de la homogeneización, que quiere restaurar el género con la abolición de la diferencia". Belderrain, rara avis de una Iglesia Católica que –como se dice del peronismo– inventa su propia oposición.


Aquellos activistas Glttbi españoles que rechazan la existencia de módulos especiales para gays y travestis no dejan sin embargo de decir la verdad, en el sentido de que los verdaderos motivos institucionales son la discriminación y el estigma, que subyacen al privilegio de un lugar más confortable. Ni qué decir cuando todavía se debate el derecho de los internos de esos módulos a las visitas íntimas. Pero la verdad, bajo el asalto de la realidad, se experimenta siempre como una ficción. Walkiria La Roche, referente Glttbi de Minas Gerais, defiende de sus críticos españoles la creación del pabellón de Sao Joachim de Bicas, porque "las principales víctimas de los presos son los homosexuales, los más expuestos al contagio de las enfermedades de transmisión sexual", y, enfermos ya, a la inacción o al desprecio del Servicio Penitenciario. Una realidad latinoamericana, la que pinta La Roche, que encuentra con esto alivios posibles y probados, aunque la verdad quede con eso momentáneamente herida. Qué vamos a hacerle.

Ella, la lengua

Longeva como muchas otras escritoras lesbianas de la época de entre guerras, Natalie Clifford Barney supo conjugar vida y obra en una performance constante que tuvo por escenario un salón en París en el que Safo gozó de su traducción más lésbica y feminista y donde el dinero circulaba entre la comunidad de mujeres como una de las tantas llaves de la creatividad y el placer. Norteamericana voraz –de eso la acusaron alguna vez sus amantes despechadas– en una Europa herida, cuenta la historia que después de muerta su lengua siguió retozando.




A miss Natalie Clifford Barney no le gustaban los hombres. A su padre, el fabricante de máquinas de ferrocarriles Albert Clifford Barney no le gustaba que a su hija no le gustaran los hombres, pero al enviarla a la escuela Les Ruches de París no hizo más que bendecirla en el descubrimiento de que le gustaban las mujeres. Era un lugar en donde lo que nuestro educador Víctor Mercante llamaba "el imperio de la anomalía" se expandía entre ovejas negras de buena familia, algunas de las cuales saldrían de sus dormitorios con un verdadero manual de estrategias para eludir la heterosexualidad obligatoria. Allí estudiaría también la autora del libro Olivia por Olivia, historia de amor de una alumna por su maestra que aún circula en las librerías de viejo de Buenos Aires, editado por Sur. De Les Ruches, Natalie salió con Eva Palmer, heredera de la fábrica de galletitas Huntley and Palmer que al saber griego la puso en el camino de Safo en más de un sentido.


Había nacido en Ohio el 31 de octubre de 1876 para convertirse en una precursora del lesbofeminismo con el arma casi exclusiva de un salón en París (calle Jacob, Nº 22), unas cuantas bandejas de sandwiches de pepino, otras tantas de tarta de fresas y una botella de oporto (era avara). Fugada de la heterosexualidad a pesar de alguna duda ocasional generada por un industrial de Pittsburg llamado Max –quien llegó a decirle temerariamente (terminó llorando tras un cortinado): "A mí me gustan las mujeres. Ambos las amaremos"–, tuvo amantes célebres como la cortesana Liane De Pougy –perdida finalmente para la causa lésbica al casarse con el príncipe Ghika–, Dolly Wilde, sobrina de Oscar y autobautizada Oscaria –tenía la misma cabeza de huevo de su tío, aunque era menos femenina que él para hacer de Salomé– y Renée Vivien, esa poetisa inglesa cuyos abismos de opereta y su baudelerismo fatal aún esperan una tapa del Soy. Los títulos de sus libros (Cinq Petits Dialogues grecs, Je me souviens, Eparpillements, Actes et entreactes, Poems et poèmes, autres alliances, Pensée d'une amazone, Aventures de l'esprit suenan a declaraciones arrancadas de un secretaire, a archivos póstumos de métricas vencidas.


Heroína íntima de lectoras heterodoxas, gusto menor de amantes de paladar negro, curiosidad de académicos refinados en la nota al pie, Natalie Clifford Barney necesitó el rescate feminista de los años setenta para ser releída en toda su radicalidad. Si la serie de su obra no entra con soltura en los cánones modernistas es menos por su insistencia en el aforismo de póster y el fragmento autobiográfico con vocación de billetito amoroso ocasional que porque pone en cuestión la idea misma de "obra". Miss Barney fundó una utopía feminista de puertas adentro, desinteresada por el "producto" y la filiación en el mercado patriarcal y en donde arte, vida y sexualidad se funden sin yugo de una zona sobre las otras, mientras que la cultura oral y el amateurismo convierten la fiesta y la performance en práctica proteica de pertenencia.


La relación con sus amigas amantes era una puesta en acción de una filosofía compleja en donde ella excluía de la idea de fidelidad el aspecto erótico en nombre de una ética de la belleza. Como autodidacta y en compañía de su primera amiga íntima Eva Palmer, asistió como oyente a las clases universitarias de la feminista Mary Gwynn. Estudió griego para traducir y reinterpretar a Safo, hecho capital en la genealogía literaria de las escritoras venideras. En Mujeres de la rive gauche, París 1900, 1940, la Shari Benstock consigna esta importancia: "Virgina Woolf y Natalie Barney tenían razones similares para desear aprender griego: querían rescatar a Safo de los profesores que la presentaban como una seductora de jovencitas, o que negaban que existía una sexualidad sáfica. Los escritores del siglo XlX, homosexuales muchos de ellos, se había apropiado de Safo, identificándola con una imagen de la concupiscencia, y equiparaban el amor sáfico a la decadencia femenina. En Inglaterra, la Safo de Swinburne invitaba al repudio; y en Francia la de Baudelaire exigía un correctivo. Rescatar a Safo como poeta, cuya obra celebra el amor y la amistad entre mujeres, constituía una importante tarea lésbico feminista hacia finales del siglo XlX".


Para Miss Barney la política de las mujeres se oponía a la gran política. Durante la Primera Guerra Mundial, mientras muchas amigas lesbianas se abalanzaban sobre los volantes de las ambulancias, ella insistió en seguir organizando reuniones de túnica rigurosa en su casa de la calle Jacob, en París, que poseía un templete llamado "de la amistad". Durante la Segunda se refugió en Florencia, desde donde reclamaba por carta a su ama de llaves redecillas de pelo, se preocupaba por el estado de la hiedra de su jardín o porque le había llegado un rumor de que un gallo se paseaba por el frente. Tuvo por la Resistencia un desprecio semejante al de Chanel, que protestó porque fueron a detenerla por colaboracionista en sandalias y terminó, quizás bajo influencia de Pound, cantando loas a Mussolini, en términos más o menos idiotas.


Credo


Fue en el número 22 de la calle Jacob donde se gestó quizás el mito de origen de una cultura que ponía entre paréntesis, determinadas noches, el principio masculino: la representación de Equivoque, una versión teatral en donde Safo no se suicida por amor a Faón sino porque una de sus alumnas va a casarse.


Colette, a pesar de que en su libro capital Lo puro y lo impuro –un precoz ensayo autobiográfico sobre los disidentes sexuales– trate con ironía a la comunidad lesbiana de Miss Barney, no sólo formaba parte de ella sino que no dejó de abrevar en los principios sistemáticos de esa alianza de formación mutua que se expresaba en textos y cuadros vivos. Es que en ese salón donde a través de veladas mixtas se convivía con los grandes de la literatura como Paul Valery, Ezra Pound, Gertrude Stein, William Carlos Williams, Blaise Cendrars, René Crevel y André Gide, feministas no siempre lesbianas se remozaban del yugo al que solía someterlas la pareja con un artista moderno macho sino que tramaban ediciones, viajes, mecenazgos.


El amor más duradero de Miss Barney fue Romaine Brook, norteamericana como ella pero de menos fortuna –hasta tal punto que de chica había sido canillita en Nueva York–, Romaine era una retratista de éxito –insistía en usar como modelos a mujeres travestidas y en su paleta sólo se veían los colores que pueden verse en un frack– y una paciente partenaire en ese matrimonio con quien renegaba de él ya que, en su Manuscrit autographe, Miss Barney había lanzado a modo de plataforma: "En este momento de la evolución humana, ya no habrá 'matrimonios', sino tan sólo asociaciones de ternura y pasión. El juego de las afinidades se verá dirigido por antenas mucho más delicadas. Estas idas y venidas procederán del espacio. Para aportar algo, hay que venir de otra parte". A pesar de hablar de "antenas", es poco probable que al afirmar que "para aportar algo, hay que venir de otra parte" pensara en los extraterrestres en vez de en los norteamericanos como ella misma.


Si Miss Barney tuvo amantes permanentes y simultáneas como si practicara una suerte de militancia, a una de ellas, Lucie Delarue Mardrus, apodada la princesa Amande y casada con el traductor de Las mil y una noches, no se le escapaba que esa práctica exigía un ritmo de "time is money". En una carta, escrita quizás en tiempos en que debía compartirla con una o dos rivales, le interpretó rencorosa: "Pues es usted terriblemente norteamericana, a pesar de sus aires de no ser de ninguna parte. Veinticinco citas en todos los barrios de París a la misma hora, sin contar cinco minutos en el teatro y un cuarto de hora en el concierto, en fin, el excesivo meneo que le viene de los paquebotes, de los trenes y de los hoteles que comenzó a recorrer tan pronto como todos los yanquis ricos".


Natalie Barney era poco dada a la teoría, pero es probable que no ignorara las estrategias de militantes gays como Magnus Hirschfeld, que venían organizándose desde fines del siglo XlX para que se eliminaran las sanciones legales a la homosexualidad, argumentando su condición de innata, ya que en una ocasión en que un tío vino a informarla sobre su mala fama, anotó: "Cuando el amigo de la familia se marchó tras haber cumplido su 'penoso deber' y me quedé sola, me observé a mí misma sin vergüenza: nunca han censurado a los albinos tener los ojos rosa y los cabellos blancos ¿por qué me censuran ser lesbiana? Es un asunto de la naturaleza: mi rareza no es un vicio, no es 'querida'y no perjudica a nadie".


Las mujeres exiliadas en París durante principios del siglo XX, de las que Miss Barney era una de las ideólogas, también plantaron los principios de una comunidad económica alternativa. Si en la prostitución y en el casamiento, el dinero no hacía más que circular del padre al marido, las chicas lo hicieron pasar por los bolsillos propios y de la amiga y no sólo para simple manutención sino como mecenazgo informal.


La millonaria Winifred Ellerman, apodada Bryher –de vocación historiadora–, burló la condición de casarse que su padre le impuso para heredarlo, armando un matrimonio/sociedad con el escritor McAlmon. El dinero de ella pagó la manutención de la poetisa Hilda Doolittle (H.D.) y, entre otras cosas, la edición de El almanaque de las mujeres de Djuna Barnes, breviario secreto de las lesbianas belle époque, y encomio rebuscado del cunilingüis que fue impreso en Darantière, la misma imprenta del Ulyses de Joyce.


En ParísLesbos el dinero que la cortesana Lyane de Pougy recibía de sus protectores iba a parar a sus amigas, así como el de las nobles de cuna a las plebeyas que, reclutadas en los salones, a menudo provenían de las fábricas y de la cocinas.


En ocasión de una pelea con su amante Renée Vivien, que la había abandonado por correspondencia en nombre de su relación con una baronesa riquísima apodada La Brioche (la autora de un volumen llamado Effuillements o Deshojes), Miss Barney, bromeando con el suicidio, distribuyó joyas de familia entre sus amantes y algún que otro admirador, muchas de ellas lo suficientemente valiosas como para financiar estudios o huidas del matrimonio. A la madre le deja un anillo de oro y marfil de Lalique, a Renée Vivien, pendientes de zafiro y una enorme sortija de oro, a Eva Palmer, todos sus papeles y un retrato en que ella posa con una mandolina, a Olive Custance, mil dólares y un escarabajo de oro, a Grace Train, un collar de turquesas rojas y así siguiendo. Años más tarde, Dolly Wilde le dio a Miss Barney el disgusto de morir primero, dejándole su fortuna en pago de deudas que databan de su pasado amor. Miss Barney revolvió propiedades sin encontrar el testamento hasta que creyó recordar que lo había guardado en el Crédit Lionés. Corría 1942. Según Jean Chalon, el biógrafo más apasionado de Miss Barney (Retrato de una amazona), mientras ella tomaba sol en Florencia y el mundo se venía abajo, Berthe, su ama de llaves, logró que los alemanes se avinieran a abrir la caja con la siguiente frase: "La señorita no puede ser judía porque es íntima de Mussolini". Con el testamento de Dolly Wilde saltaron joyas y 50 horquillas de oro.


Chismes


Hay una anécdota seguramente apócrifa que intenta explicar el destino cumplido de Natalie Barney. Cuando era pequeña, una banda de chicos la perseguía por el corredor de un hotel hasta que ella se refugió en unas rodillas afelpadas y obtuvo consuelo de su dueño, un extranjero que estaba en gira de conferencias. Era "El tío de Dolly". Otra anécdota cierra el círculo wildeano llevando la tragedia a comedia: Natalie tenía un romance con la inglesa Olive Custance, autora de un opúsculo llamado Opalos, mientras planeaba un matrimonio a lo Bryher que le permitiera hacer del marido más un socio que un partenaire. Eligió, tragándose la risa de quien fracasa en beneficio propio, a Lord Alfred Douglas, ese chongo blanco que llevó al "tío de Dolly" a la cárcel y al consiguiente escarnio público. Albert Clifford Barney puso el grito en el cielo y casi empezó a rezar por la persistencia del safismo soltero en lugar de aliado en binomio con sodomía. Entonces Olive Custance tomó el candidato desechado con el que tuvo hijos –Mis Barney fue la madrina de uno de ellos–. Tanto culebrón jurídico, tanta desdicha artística y literal para terminar cediendo todos –el tío de Dolly ya lo había hecho– al coito a favor de natura.


Una vez Marcel Proust quiso conocer a Miss Barney. Jean Chalon lo cuenta con una especie de tono triunfante de celoso: "Natalie espera. Leyendo intenta no dormirse y vigila que la temperatura de la sala no baje de los veintidós grados exigidos por el visitante, que llega muy puntual. Sodoma y Gomorra se hallan cara a cara y se dan cuenta de que no tienen nada que decirse". Para Miss Barney, La recherche describía lesbianas improbables, ese tísico no sabía nada de Lesbos, pero lo peor es que inventaba mal.


Antes de los años veinte, Miss Barney bailaba tango bajo la dirección del escritor André Rouveyre. ¿Sería el mismo que Saborido había llevado al salón de los Rothschild?


¿Lo haría bien, ella que nunca había querido dejarse llevar?


Una vez Natalie Barney encaró una cruzada personal. Ramón Gómez de la Serna había publicado su libro Senos, taxonomía cubista pretendidamente exhaustiva, impertinencia leve en donde decía que a los senos de las quinceañeras daban ganas de cascarlos con una cucharita, que en los de las gigantas uno se podía recostar como en una cama de matrimonio; que los senos pintados por Cranach eran de mujeres góticas, idiotas e incitantes; que el seno preferido era el izquierdo porque era la cápsula del corazón. La colección era frívola, rebuscada pero impactante. Miss Barney escribió un artículo que dedicó "al hombre, ese destetado" y donde le chantaba a Ramón como desde una barricada: "Defender a los senos contra sus errores y sus incomprensiones masculinas me parece defender de algún modo mi patria".


De España, a Miss Barney sólo le gustaba Lola Flores.


Siempre viva


Como toda artista atrapada por su personaje, Miss Barney fue inspiradora de otros. Lyane de Pougy la reinventó en su Idylle Saphique, Renée Vivien en sus Etudes y Preludes, Remy de Gourmont en Lettres à l'Amazone, Lucie Delarue Mardrus en L'ange et les pervers, Radcliffe Hall en El pozo de la soledad. Son versiones que coinciden en creer en su belleza, inteligencia y seducción, pero matizan la proporción de reproches, de juicios que sangran por la herida. El retrato más irreverente y elogioso de Natalie lo ha hecho Djuna Barnes en El almanaque de las mujeres, librillo repartido anónimamente en 1928 por las calles de París y donde los nombres de los personajes encubren a las habituales invitadas de la calle Jacob. Empieza como si sonaran trompetas (o trompas de Falopio): "Esta es la Historia de la Moza más hermosa y delicada que jamás humedeció una Cama. Se llamaba Evangeline Musset y había sido condecorada con una Enorme Cruz Roja por la Dedicación, el Alivio y la Distracción que proporcionaba a las Muchachas en sus Partes Posteriores, en las Anteriores y en cualquiera de esas Partes que tan Cruelmente las hace sufrir". Obviamente Evangelina Musset tiene como modelo a Natalie Clifford Barney. Un idéntico tono de euforia corporativa despertó la fiesta de reedición de El almanaque de las mujeres hecha por la editorial Egales de Barcelona en la que Pati Limona leyó un texto escrito parte en catalán, parte en español y en el que, en honor al público, debía atender a una introducción democrática: "Constituye un requerimiento de educación y buenas maneras (que sería imperdonable no satisfacer) empezar ésta y cualquier intervención saludando debidamente al público asistente. 'Señoras. Señores' (pero ¿es éste el apóstrofe adecuado?) 'Damas. Caballeros' –y la lectura de El almanaque... empieza a interferir peligrosamente–: 'Damas. Caballeros. Damas y caballeros (a la vez). Damas caballerosas. Caballeros adamados. Señoras señores. Señores señoras. Ambiguos y ambiguas todos. Lesbianas (algunas). Inconfesas (algunas más). Heterosexuales reincidentes e inamovibles (todavía bastantes). Curiosos y curiosas que no perdáis este don. Militantes. Imaginantes. Sintientes, sentidas y consentidas. Buenas tardes y gracias por venir'."


Como todas las grandes soberanas del amor, Natalie Barney fue burlada hacia el final de su vida por una criatura vulgar. Se llamaba Gisèle , tenía 58 años, marido, hija, nietos y era lo suficientemente astuta como para que Romaine Brook abandonara a una amazona casi centenaria a la que le había tolerado todo. Para colmo, Natalie había sido desalojada del pabellón de la calle Jacob y vivía en el hotel Meurice. Murió el 2 de febrero de 1972, a los noventa y seis años, no sin quejarse porque su nueva querida se retrasaba en el teatro.


En Mujeres de la rive gauche, París 1900, 1940, Shari Benstock consigna insidiosamente que Djuna Barnes y Alice B. Toklas vivieron hasta los noventa años y que Winifred Ellerman, Margarete Anderson y Janet Flanner casi lo lograron. Deslizar cualquier conclusión que asocie estrechamente lesbianismo y longevidad sería pecar de parcialidad política e inconsistencia científica pero no más que lanzar, como se hacía por los años de la llamada Safo de Washington, anatemas a la bicicleta, la máquina de coser y las horquillas de pelo por considerarlas peligrosos gadgets masturbatorios.


Decididamente Natalie Barney murió mejor literariamente, es decir como Evangelina Musset, llorada por un grupo de mujeres que se agolpaban en funeral y a las que les humeaba el interior de las polleras: "Y, cuando se acercaron a recoger las cenizas, descubrieron que todo se había quemado menos La Lengua: llameaba negándose a ser polvo y retozaba sobre el montoncito que había sido Ella".

Refundar

Si no pudiera verlas
sería el fin
y si pudiera mis ojos tocarlas
tan sólo por una eternidad
sería el fin
no de una vida
no de un fin ni principio
sería el fin
de un sueño
una fe
un traslado inusual
sería el fin
de la necedad
el odio
la nada
sería amor

Cisexual

El término cisexual nació hace poco y, como tantos otros nacimientos, el suyo fue una cuestión de cópula. O, en realidad, de dos. Una primera cópula une a hombres y mujeres. Una segunda, a hombres y mujeres, por un lado y por el otro, a todos los demás. Se trata, como podrá advertirse, del orden habitual de los seres humanos en materia de género encarnado. Se trata también de un orden que no por habitual es menos extraño. Ese hábito y esa extrañeza se hacen presentes, a un tiempo, cada vez que alguien distribuye entre hombres y mujeres, pongamos el caso, y personas transexuales. Después de todo, si algo define a esas mismas personas transexuales es su reconocerse, justamente, como hombres o mujeres, más allá de cuáles sean las condiciones iniciales de su vida. La distinción entre hombres y mujeres y personas transexuales funciona sobre una lógica de distribución que privilegia el primer conjunto mientras que desconoce al segundo (o lo reconoce bajo el imperio de una cópula menor). La transexualidad viene a funcionar así como una marca que se cancela a sí misma: un hombre transexual es aquel que, a pesar de ser un hombre, nunca entrará en la distribución de los seres si no es como transexual, incluyendo la distribución diferencial de bienes, incluyendo la capacidad diferencial para nombrar. Hasta que alguien transexual, un día, dijo basta, y acuñó la palabra cisexual.

Los dos términos oponen dos prefijos latinos. "Cis" quiere decir "de este lado", mientras que "trans" significa "del otro lado". Esta oposición distingue entre dos experiencias básicas de la encarnación del género: la de los hombres y las mujeres que viven en el sexo que les fuera asignado al nacer y la de los hombres y las mujeres que en algún momento de su vida cambiaron de sexo. Bajo este régimen semántico, la experiencia de hombres y mujeres cisexuales se equipara a la de hombres y mujeres transexuales: ambas son experiencias marcadas, susceptibles de ser narradas por otro u otra que las distingue de las propias sin otorgarle, al mismo tiempo, superioridad discursiva alguna.


La familia de palabras cisexual tiene un miembro de lujo: el término cisexismo. Se define como la combinación entre dos tipos de sexismo: aquel que coloca a las mujeres, y en general a lo femenino, en un lugar inferior y subordinado respecto de los hombres y, en general, a lo masculino, y aquel que coloca en un lugar inferior y subordinado a las personas transexuales respecto de las cisexuales. Lo tenebroso del cisexismo es que puede ser puesto en práctica aun por quienes luchan cotidianamente contra el sexismo, cuando su lucha es incapaz de volverse contra sus propios privilegios (por ejemplo, el privilegio de preguntar, desde una posición cisexual, por qué alguien transexual reproduce estereotipos corporales de género).


Se dirá que este reordenamiento tiene innumerables problemas. Los tiene. Sin embargo, nombra un problema —si no el problema— y no sólo lo nombra: también le pone cascabeles.

La homofobia se mira por TV

Naty Menstrual

El día de la homofobia, sinceramente, no sabía que existía, y no me suena raro después de enterarme de que el domingo pasado fue el Día del Nieto, hay días para todo, hasta para los pedos de colores arco iris, la cosa es fabricar fechas para que podamos consumir en este sistema capitalista, aunque hay otras, como ésta, donde una sólo mantiene viva la tragedia histórica para conmemorar. Yo tengo la mía.

Aquel día estaba dispuesta a bombardear pupilas conservadoras con mi grácil silueta de trava trash subida al 86 rumbeando por Avenida de Mayo y cuando el colectivo se detuvo, mi mirada también, pero sobre una parejita de chicos de no más de 20 años, sentados en un banco de la Avenida democrática de Mayo haciéndose mimos discretos que denotaban el disfrute de un nuevo amor homosexual recién ganado. No se observaban besos de rosada saliva ni lenguas entrecruzándose como en el apareamiento de dos víboras maricas, ni sobadas en los culos ni en los gansos ni manotazos de ahogados calientes. Sin embargo, sin enverga, las caras de asombro y horror incómodo, se dibujaban en la gente que se codeaba para ver la lamentable evidencia de la homosexualidad descarada apoderándose de las veredas del macho tango. Un obrero en bicicleta casi se cae al darse vuelta por mirar con sus pupilas abiertas de puro macho, como si tuviera pescuezo con resorte, y otros dos seudo chongos, salidos recién (supongo) de una gris oficina o de un pútrido banco, no sabían cómo hacer para disimular su asombro y sus risitas de falta de pete en las caruchas de malco after the office.

El que usa su tiempo para ser feliz rara vez pierde un minuto en meterse con la felicidad de los demás sea puto o dinosaurio. ¿Vivo? ¡Pena de muerte y sigamos!

Y en su hogar cada uno encienda la tele: los humoristas del dueño del rating Tinelli se visten de mujer y hacen chistes de maricones varios, y el choto de Chiche arremete con cuanto puto camina por la city y lo invita a su programa en el intento de defenestrarlo. (Muchas veces la boca que habla tanto, lo hace con los labios de una cola que espera los mimos de un macho y no se anima a buscarlo.) Y Pettinatto, el saxofonista de la modernidad, mariconea en cámara de esa forma maricona que le sale cuasi natural riéndose de los putos, y todos los canales, los de chismes y los no, dedican su pequeña dosis de homofobia ¿solapada? al puto argentino salud, para que los niños se eduquen y para que siempre sepan y que se les grabe en las venas de su glande que a los cobardes se les dice MARICONAZOS.

Así es, queridos amigos homofóbicos del mundo. Yo soy puto o trava o gay o sirena de cemento de veredas y empedrados perdiendo las escamas al ritmo viril del tango o lo que quiera ser en el momento indicado. Más de una vez he escuchado a un padre indignado decir que preferiría que su hijo sea chorro o drogadicto antes que un maricón depravado. Y sí. Son gustos al fin y al cabo. Y mi madre misma no soportaría verme sentada a su lado acomodándome el vestidito sea corto o largo. Basta de mentiras fashion, no sacudamos nuestra ropa sucia disimulando, Bs. As. no es GAY FRIENDLY, no, no nos hagamos los boludos que somos conservadores, fascistas y anticuados, en todo caso seremos MONEY FRIENDLY con el puto extranjero que acaricia su paquete de verdes dólares como si fuera el bulto ostentoso de un apetecible dotado.

Cuba ¿país terrorista?

Fidel Castro

El jueves 30 de abril fue infortunado para Estados Unidos. Se le ocurrió ese día incluir a Cuba una vez más en la lista de países terroristas. Comprometidos como están con sus propios crímenes y mentiras, tal vez el propio Obama no podía deshacerse de ese enredo. Un hombre cuyo talento nadie niega, tiene que sentirse avergonzado de ese culto a las mentiras del imperio. Cincuenta años de terrorismo contra nuestra Patria salen a la luz en un instante.


¿Qué explicarles a los que conocen del hecho atroz de la voladura de un avión en pleno vuelo, con los pasajeros y la tripulación, de la participación de Estados Unidos en los hechos, del reclutamiento de Orlando Bosch y Posada Carriles, y del suministro de explosivos, fondos y la complicidad de los órganos de inteligencia y las autoridades de ese país? ¿Cómo explicar la campaña de terror que precedió y prosiguió a la invasión mercenaria de Girón, los ataques a nuestras costas, pueblos, naves de transporte y pesca, las acciones terroristas dentro y fuera de Estados Unidos? ¿Cómo explicar los cientos de planes frustrados de atentados contra la vida de dirigentes cubanos? ¿Qué decir de la introducción de virus como el del dengue hemorrágico y la fiebre porcina que genéticamente ni siquiera existía en el hemisferio? No hago sino mencionar algunos de los actos de terror en que incurrió Estados Unidos, los cuales constan en los propios documentos desclasificados. ¿No le producen vergüenza estos hechos a la actual administración?


Sería interminable la lista de actividades repugnantes que podría enumerar. A solicitud nuestra, Bruno Rodríguez, ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, me envió las palabras textuales de la pregunta que le hizo un reportero de la Agencia France-Presse el 30 de abril y su contundente respuesta.


Rigoberto Díaz, de AFP: "Coincidiendo con los momentos finales de esta reunión y también sobre un tema que ha sido tratado en este evento, el gobierno de Estados Unidos ha vuelto a incluir a Cuba en la lista de países que fomentan el terrorismo, junto con Sudán, Irán y Siria. Me gustaría tener su criterio sobre esto".


Respuesta de Bruno: "Nosotros no reconocemos ninguna autoridad política ni moral al gobierno de EE.UU. para hacer lista alguna, en ningún tema, ni para 'certificar' buenas o malas conductas. El gobierno de Bush fue 'certificado' por la opinión pública mundial como un gobierno violador del derecho internacional, agresivo, guerrerista, como un gobierno que tortura, como un gobierno responsable de ejecuciones extrajudiciales. Bush ha sido el único presidente que se ha jactado en público, en el Congreso norteamericano, de haber realizado ejecuciones extrajudiciales, un gobierno que secuestró personas y las trasladó de manera ilegal, que creó cárceles secretas, que nadie sabe si todavía se mantienen, que creó un campo de concentración donde se tortura en la porción de territorio que usurpa a la República de Cuba.


"En materia de terrorismo, el gobierno de los EE.UU. históricamente ha tenido un largo expediente de acciones de terrorismo de Estado, no sólo contra Cuba.


"En Estados Unidos se pasean libres Orlando Bosch y Posada Carriles, responsables de numerosos actos terroristas, incluida la voladura de un avión civil cubano en pleno vuelo. No se responde la solicitud de extradición de Venezuela con relación a Posada Carriles, a quien se juzga por cargos diversos, pero no como un connotado terrorista internacional.


"El gobierno de Estados Unidos realizó un proceso amañado contra los cinco jóvenes luchadores antiterroristas cubanos que hoy permanecen como presos políticos en sus cárceles.


"El gobierno de Estados Unidos ampara actos de terrorismo de Estado, cometidos por Israel contra el pueblo palestino y los pueblos árabes. Guardó silencio ante los crímenes ocurridos en la Franja de Gaza.


"De manera que a Estados Unidos no habría que reconocerle la menor autoridad moral y yo, francamente, creo que nadie hace caso ni lee esos documentos, entre otras cosas, porque su autor es un delincuente internacional en muchos de los temas que critica.


"La posición de Cuba contra toda manifestación y forma de terrorismo, dondequiera que se cometa, contra cualquier Estado que se cometa, en cualquier forma que se realice, con cualquier propósito que se proclame, es clara y consistente con su actuación.


"Cuba ha sido víctima del terrorismo por muchos años y tiene una hoja de servicios totalmente limpia en esta materia. Jamás el territorio cubano se ha utilizado para organizar, financiar o ejecutar actos terroristas contra los Estados Unidos de América. El Departamento de Estado, que emite esos informes, no podría decir lo mismo."


Esta declaración, emitida en la reunión de cancilleres del Movimiento de Países No Alineados, no es todavía muy conocida por la población, que ha recibido en estos días abundantes noticias de todo tipo. Si el Departamento de Estado desea discutir con Bruno, existen suficientes elementos de juicio para sepultarlo con sus propias mentiras.

Revelaciones

en la noche a tu lado
las palabras son claves, son llaves.
el deseo de morir es rey.
que tu cuerpo sea siempre
un amado espacio de revelaciones

Africa mía


De ninguna manera puede resultar fácil entender de qué habla alguien que se arroga el mote de Santo Padre. Verdad de Perogrullo pero verdad al fin, para saber qué nos quiere decir Benedicto es necesario tomarse su tiempo y obligar a descender al mensaje desde las alturas en las que ha sido dicho. Frase oportuna en este caso, ya que el Papa habló en el avión que lo llevaba a Camerún y dijo: "El sida no se puede superar con la distribución de preservativos, que, al contrario, aumentan los problemas". Ajá. Analicemos la primera parte: efectivamente, tiene usted razón SS (¿notaron la sigla? No, nada está librado al azar), la distribución no alcanza. Al preservativo hay que ponérselo, sobre el pene, cubriendo toda su superficie y cuidando que no quede aire en su interior. Así las cosas, no se puede estar más de acuerdo con Benedicto. Pasemos a la segunda parte, esa que dice "aumentan los problemas". Acertijo difícil el que plantea ¿qué problemas aumentarían? ¿Acaso la distribución no es el primer paso para que el eficaz método de barrera evite la transmisión de infecciones al momento de la penetración sea por la vía que sea? Hay que ser pacientes, seguir leyendo: "La única vía eficaz contra la epidemia es una renovación espiritual y humana de la sexualidad, unida a un comportamiento humano moral destinado a sufrir con los sufrientes". Aquí la dificultad se hace sacrificio, martirio, inmolación… ¿Qué, SS?, ¿qué hay detrás de sus palabras? Es cierto, la renovación nunca viene mal, al contrario, quién quiere hacerlo siempre igual; pero ¿un comportamiento moral destinado a sufrir con los sufrientes? Ah, la verdad se presenta, súbita iluminación: hay que unir las partes: los problemas de la Iglesia podrían aumentar si los sufrientes con los que sufrir ya no fueran tantos. Y eso puede pasar ¡si se distribuyen preservativos (y se los usara correctamente y entonces hubiera menos enfermos de sida)! Difícil pero no imposible, el mensaje ha llegado y en viaje al lugar indicado: Africa, allí donde casi la mitad de la población está infectada con el virus del sida y donde la usina de sufrientes que tanto gozo místico dan a SS estará desbordada a perpetuidad, siempre y cuando se logren traducir las intenciones de Benedicto. Amén.

Casa tomada ¿Cuánto tiempo es un año?

Un año en la vida de dos mujeres que soñaban con tener un hijo y tuvieron tres.
.Marta Dillon

¿De qué se trata un año cuando el tiempo se estanca tantas veces en un minuto; un minuto en el que, por ejemplo, tres adorables criaturas lloran a la vez? Bueno, también puede ser que sólo una llore mientras el otro intenta quitar el protector del enchufe en silencio y la tercera, al mismo tiempo, sacude una lámpara de pie que por supuesto ya no está. "Hace un año –cuenta Andrea, una de las mamás de Jazmín, Abril y Santiago– teníamos muebles, ahora lo que queda está en venta por Internet." Pensamiento práctico el de esta mujer de 40: de eso se trata el tiempo, ahora está, ahora no está. El tiempo es relativo, dice, pero igual se lo trata como si fuera un objeto inútil (o mejor, peligroso): no se busca el perdido, ni se ahorra el que faltará. Y es que no hay lugar para mucho más cuando se han tenido trillizos después de quince años de adorable pareja –"claro, si te la imaginás como un paisaje caribeño, pensá que cada tanto pasa un huracán"– y planes cumplidos minuciosamente: el auto, la casa, el trabajo independiente. Recién entonces los hijos, que tardaron apenas seis meses –el tiempo de gestación– en arrasar con todo.


Andrea y Silvina recurrieron a la fertilización asistida con donante anónimo, hicieron tres intentos, una mínima –de rutina en estos procedimientos– estimulación ovárica y voilá! Los tres "folis divinos" –y sí, la maternidad o su deseo somete a las mujeres a todo tipo de pavadas– que anunció sin rubor la ecógrafa augurando una inseminación exitosa se convirtieron en dos niñas y un niño que antes de hablar aprendieron a sobrevivir y enseñaron en silencio a sus madres que el deseo de vivir es voraz de caricias, presencia, constancia. No lo sabía Andrea el día que tuvo que abrir las historias clínicas de los tres en neonatología, todavía vestida con el ambo del quirófano donde Silvina se recuperaba después de la cesárea. Ella creía que tenía que ser fuerte. Había hablado sin parar mientras los tres emergían del vientre de su amor, tan chiquitos como una palma, sin saber siquiera respirar. Había contado chistes, se había tragado las lágrimas, había apretado la mano de su mujer como si así pudiera quitarle el miedo. Pero en la puerta de neo el personaje se deshizo en cuanto alguien más la abrazó: otra pareja pasaba por una situación similar y sin preguntas supieron lo que ella necesitaba. Todavía lagrimeaba cuando le dictó a la enfermera los nombres de sus hijos y explicó que eran dos madres y que el casillero del padre quedaría en blanco. "Mirá vos –dijo la mujer soltando la birome como si le hubieran pasado un mate–, justo estábamos el otro día hablando de eso y yo decía que a mí no me parecía bien... qué sé yo... ¿cómo van a hacer?" ¿Y a ella qué cuernos podía importarle? "La verdad que no tengo la menor idea, pero supongo que no va a haber ningún problema... salvo que nos quedemos discutiendo boludeces en lugar de abrir las historias clínicas."


En el último año, además de perder muebles, Silvina y Andrea aprendieron a perder el miedo: sus hijos cruzaron la barrera del peligro que acecha a los prematuros. Y se deshicieron de las planillas: no más anotar cuánto comieron, cuánto bebieron, qué vitamina le toca a cada cuál; los tres caminan, crecen, comen con placer, saben cuál de las dos es mamu y cuál es mami y que la treta del débil –que ya no lo es tanto– es un espacio en el medio de la cama grande. Ellas, a su vez, entendieron en el cuerpo que parte de estar vivas es ser testigos de cómo se desbaratan los planes: "Tener trillizos fue como haber sacado pasaje en un crucero a Puerto Rico y a mitad de camino enterarnos de que vamos al Polo Norte. Hay que arreglarse para sobrevivir en el frío con la misma bikini que llevabas para la playa." Pero las dos saben que el amor es una corriente sobre la que se puede flotar con los ojos cerrados –aun sin trabajo, con el auto vendido, la casa tomada– y a su ritmo se abandonan, usando de timón un optimismo parecido a la locura. Si este año pasó, pasarán también otros. Y tal vez ellas consigan tiempo para perderse cada una en el cuerpo de la otra. O para dormir. O para conseguir trabajo. Y por qué no tres vacantes en el jardín de infantes municipal. Y entonces sabrán de nuevo que, aunque hay minutos que el cansancio vuelve eternos, el tiempo es apenas un parpadeo y que ellas, chicas audaces, supieron atrapar la aventura en ese mínimo intervalo.

Sin trabas

LGTTBI
.

Diana Sacayán

La escuela es el punto ciego de un círculo muy vicioso que deja atrapadas a las personas travestis y transexuales: porque no estudiaron, no pueden tener una vocación, no pueden trabajar de nada que no sea prostituirse. Porque somos lo que somos o lo que seremos, no podemos asistir a la escuela sin riesgo de agresión, burla, humillaciones, fracaso. Un niño que da señales de su transexualidad es repelido del aula por maestros y maestras, directores, padres y compañeros. Paradójicamente, una alta dosis de ignorancia hace que los responsables de "dar cátedra" sean los mismos que perpetúan esta injusticia. La sociedad biempensante acuerda con lo dicho anteriormente y tal vez haya llegado la hora de que una sociedad actuante comience a cambiar las cosas. Eso parece estar sucediendo en la provincia de Buenos Aires, donde el año pasado se firmó un convenio entre el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación y la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia a través de la Dirección de Educación de Adultos, para alentar a que las personas trans puedan cumplir su derecho a una vida digna que incluye estudiar y trabajar. La idea es sencilla: que los directores e inspectores de escuelas vuelvan al aula por un rato, aprendan que la normalidad no pasa por ser bien machos o por ser bien señoritas, que la identidad es algo mucho más complejo e interesante que dividir en rosa y celeste el aula al medio y que luego lo transmitan a maestros y a toda la comunidad educativa. Este proyecto, que se llevó a cabo en 2008 como una experiencia piloto, se desarrolló en varias escuelas de La Matanza, y durante este año se extenderá a Mar del Plata, Lanús y Morón.


Los directores e inspectores fueron convocados por la Dirección de Adultos para tomar los talleres, y entre algunas de las capacitadoras estuvieron importantes activistas travestis como Diana Sacayán, Lohana Berkins, Marlene Wayar, Noelia Luna y Cali Rivero. Para las chicas que quieran ir a la escuela este año, aquí va esta lista de aquellas instituciones cuyos directivos ya aprendieron la lección:


En Laferrère, las escuelas 717, 714, 711, y las escuelas para adultos CENS 452 y 456.
En González Catán, las escuelas 721 y 704, y la escuela para adultos CENS 453.
En Rafael Castillo, las escuelas 702 y 744, y la escuela para adultos CENS 451.
En Virrey del Pino, la escuela 769.



Para más informes:
grupomal_denuncias@yahoo.com.ar
periodismo2005@hotmail.com

Medios y comunicación

Tráfico de conocimientos en la Web 2.0
.

La web es una gran ventana de acceso al conocimiento y a la interacción entre las personas. ¿Libertad absoluta o libertad condicionada? ¿Confabulación corporativa o simplemente anarquía?

Mela Bosch

La Web 2.0 abrió una interacción diferente entre personas a través de la web pero también una nueva forma de recolectar información sobre los individuos. Cada cosa que hacemos deja su huella para ser vista y usada, agentes de software dan uso a millones de interacciones individuales que la misma Web 2.0 promueve. El resultado es para algunos una inteligencia colectiva que cumple el postulado de que numerosos juicios sencillos producen un conjunto más complejo y preciso que el que daría un solo experto.


Es verdad. Pero es una verdad condicionada. Los programas no sólo analizan el hecho de que una persona con ciertas características e intereses realiza una búsqueda en Google, consulta o escribe una entrada en Wikipedia, hace transacciones en eBay, crea su blog, arma su red Facebook, sino que además computan la relación de cada interacción individual con la totalidad de interacciones de otra gran masa de personas, y de esa correlación surgen parámetros que se usan para filtrar y procesar la nueva información así como la existente. Un proceso circular que genera sesgos en la información que a su vez afectan nuestras interacciones individuales.


Este es el condicionamiento que subyace en esta tecnología que amplió extraordinariamente la circulación de conocimientos dando a las personas una nueva libertad para producir, tener acceso y difundir los contenidos que se deseen. Junto a la libertad de expresión, paradójicamente tenemos una red de mediaciones con una enorme dosis de arbitrariedad y de manipulación: los sistemas de la Web 2.0 funcionan filtrando y confrontando las elecciones individuales con las preferencias colectivas que a su vez también han sido filtradas.


Para algunos se trata de una confabulación de las grandes corporaciones y para otros es una anarquía. El verdadero problema es que Internet es un gigante ciego cuyas formas de orientación se basan en reglas de comparación, deducción y jerarquización que pueden ser muy complejas, pero continúan siendo ciegas.


Lo básico al elaborar una propuesta o una respuesta para un usuario web es la coincidencia mecánica que genera un listado con un orden de jerarquía. Las técnicas de esta dinámica simple no son visibles y los individuos quedan en una posición vulnerable: sólo recientemente se obligó a diferenciar en los listados de respuestas de un motor de búsqueda las publicidades de los enlaces automáticos.



Los recomendados



Justamente porque las empresas en la web están en competencia permanente por ganar la atención y porque la verificación directa de la enorme masa de información no es posible a las personas individuales, el recurso de la coincidencia mecánica, aun separando los enlaces pagados de los que no lo son, no es suficiente, surgen otras formas de jerarquizar la información. Entre ellas, las recomendaciones: utilizan las elecciones realizadas por otros individuos que han hecho una propuesta o buscado una respuesta similar y se aprovechan las etiquetas (tags) que las personas asignan. Todo es analizado por filtros automáticos que se aplican sobre todas nuestras acciones. Debido a que el modo de actuar de los programas influye sobre las interacciones individuales con cálculos que generalizan las interacciones de multitudes de personas, se comprende que es un tema no sólo tecnológico sino que concierne a prácticas sociales vinculadas a la construcción del conocimiento.


Se comparó el impacto histórico de Internet con el de la escritura y la imprenta para la distribución del conocimiento, pero hay un aspecto en el que la web realiza una masificación –entre los privilegiados que disfrutamos de la conectividad– y es la posibilidad de gestionar en gran escala el metaconocimiento, es decir, los índices, etiquetas, símbolos, que identifican lo conocido. Es un conjunto de representaciones que en Internet toman una nueva forma gracias a los algoritmos de comparación y análisis que se aplican a esas etiquetas y que permiten nombrar y describir nuestras imágenes, textos, canciones. Estas denominaciones son a veces espontáneas (folksonomías), en otras muy elaboradas como ontologías, clasificaciones y tesauros, que individualizan y luego filtran los conocimientos, pero junto a su capacidad organizativa, resumen millones de actividades humanas registradas y analizadas por medios artificiales introduciendo condicionamientos en los juicios personales.


El filtrado de las previsiones sobre las preferencias individuales, basado en el comportamiento de muchos otros, se ha extendido desde la compra de libros a la elección de vacaciones y hasta parejas. Las recomendaciones se basan en usos puntuales que se suman acumulando las acciones. Este procedimiento nos orienta pues nos sugiere qué han hecho otros, pero también deja poco espacio a lo original y lo nuevo queda autísticamente aislado.


Aparte de los rangos y recomendaciones tenemos en la web los sistemas que se apoyan en el comportamiento. El de mayor éxito es eBay, donde luego de cada transacción tanto el vendedor como el comprador hacen una evaluación que es resumida y los usuarios se basan en ella para futuras compras o ventas. Es útil en un ambiente donde se compran cosas reales a personas o empresas que jamás se verán. Pero aparecen distorsiones: muchos vendedores venden muy barato productos gancho para ganar reputación. Entonces no son siempre lo que aparentan y aunque eBay sigue siendo el mayor y más próspero mercado electrónico, en muchos ámbitos se detecta desconfianza.


Todo se complica además con situaciones mixtas: se unen el listado de rangos, con recomendaciones que se transmiten de usuario a usuario, con las reputaciones que se reciben a través de puntajes de calidad, como en YouTube. Hay incluso factores éticos, pues en este manejo ciego suelen contar con peso contenidos racistas, sexistas o violentos, o subrepticias publicidades de empresas y sectores políticos. Se impone pues una gran cautela a la hora de aceptar recomendaciones y considerar reputaciones en las movedizas arenas de la web.



La cooperación y la confianza



Como contrapeso tenemos la más increíble oportunidad de cooperación en la construcción y acceso al conocimiento. Es el caso de los proyectos de contenido abierto colaborativo como Wikipedia. El filtrado aquí está en manos de personas. Cualquiera puede editar en Wikipedia y es su mayor fuerza a la vez que debilidad, aunque hasta ahora la inteligencia cooperativa está dando sus frutos. El único inconveniente es que hay demasiadas traducciones de artículos del inglés, aunque el castellano crece y es muy traducido. Pero no hay formas de estimular las lenguas locales o minoritarias pues lo que producen no es pasado al inglés o español.


También se piensa introducir aquí reputaciones y recomendaciones automáticas, ojalá no se transformen en una réplica de los sistemas no cooperativos. Una idea es la de la Universidad de Santa Clara en California, se llama Wikitrust. En Wikipedia cuando un artículo no es leído, o es criticado, va cayendo en desuso y se borra. Este sistema de confianza hace que cuando un autor realiza una contribución y se mantiene en sucesivas ediciones, ese autor gana reputación, pero cuando su contribución es reeditada y corregida pierde reputación. Pero muchas veces cuando algo se edita y corrige en forma cooperativa es justamente porque es bueno y polémico, así se castigarían los artículos motivadores. Para evitarlo se asignan valores de confianza no sólo al artículo, sino a las palabras que permanecen después de las reediciones. La confianza en una palabra es proporcional a la reputación del autor, cuando diferentes autores hacen modificaciones, las palabras no modificadas ganan confianza, ya que se considera que quienes colaboran cuando no corrigen una palabra es porque están de acuerdo con ella. Esto es discutible, pues al modificar hay aspectos de estilo que afectan el análisis automático. Wikipedia es una de las más ricas experiencias de la web, que los autores sean casi anónimos es una de sus fortalezas, esperemos que las mediciones no alteren esto dando lugar a competencias individualistas.


Otro exitoso espacio de colaboración se basa en la revisión de las comunidades de programas Open Source. Aquí el control es manual, el código se puede corregir o borrar según criterios personales o compartidos. Es un conocimiento colectivo que se apoya en esfuerzos individuales en una tarea común con normas de cooperación explícitas que marcó un punto de no retorno en la producción de software en el mundo.


En síntesis, la circulación de conocimiento en la web tiene diferentes vías que direccionan, filtran y limitan los flujos: los rangos, las recomendaciones, las reputaciones, la cooperación, las revisiones, cada una de ellas tiene sus propias señales de tráfico que es útil tener presente pues orientan, pero también condicionan nuestro viaje ciberespacial.

Gaza es Guernica. Para no olvidar.

Atilio A. Boron

Sería redundante pretender inventariar una vez más la interminable cantidad de atrocidades cometidas por Israel en Gaza, juicio este que es avalado inclusive por personas e instituciones que durante décadas le brindaron su más irrestricto respaldo. Este mismo periódico ha reproducido la opinión de gran cantidad de testimonios e ilustrado a sus lectores con brillantes análisis sobre esta verdadera tragedia para la humanidad, desatada con la complicidad de Estados Unidos y la tradicional hipocresía europea. La nota de Juan Gelman ("¡Mentira! ¡Mentira! ¡No tiene perdón!", del 15 de enero) desbarata con una evidencia abrumadora el argumento según el cual la actual masacre de Gaza (y digo masacre, porque no se trata de una guerra sino de una carnicería) sería una respuesta defensiva ante los ataques, por cierto que también inadmisibles, de Hamas.


La barbarie perpetrada por el régimen de Tel Aviv reconoce pocos antecedentes en los últimos tiempos: el bombardeo estadounidense con napalm a las aldeas campesinas vietnamitas, la "limpieza étnica" de Milosevic y algunas pocas aberraciones más. Es difícil encontrar ejemplos parecidos. A lo que más se parece es a la infame y cobarde agresión que el régimen nazi y su aliado fascista en Italia descargaron sobre Guernica. Como en esa pequeña ciudad vasca, en Gaza se produce una matanza indiscriminada de mujeres y niños, bajo la falsa acusación de que eran todos terroristas, desmentida una y mil veces, para eterna condena de sus perpetradores, por las miles de fotografías que circulan por todo el mundo. Se nota que el régimen israelí aprendió muy bien de su patrón estadounidense las malas artes de las mentiras y los engaños. Esas fotografías demuestran los inauditos alcances del genocidio y la saña con que lo practican las fuerzas armadas israelíes. Se destruyen escuelas, universidades, hospitales y, apenas ayer, la propia oficina de las Naciones Unidas en Gaza. Se prohíbe el ingreso de periodistas practicándose una descarada censura de prensa y se sellan las puertas de esa ciudadela para impedir la llegada de toda ayuda humanitaria privando a la población de Gaza de alimentos y medicamentos esenciales.


Esta salvajada sólo podría ser vívidamente retratada por un genio como Pablo Picasso, cuya pintura del horror que padeció Guernica es un testimonio imperecedero que condena inapelablemente y hasta el fin de la historia a sus malditos agresores. Lamentablemente hoy no tenemos un Picasso, pero las imágenes que con valentía se han podido tomar y difundir tienen una conmovedora elocuencia que ya está sacudiendo el espíritu de millones en todo el mundo. Y en Israel mismo, son cada vez más los ciudadanos que aborrecen los crímenes que en su nombre comete un gobierno que junto con su protector, financista y proveedor de armamentos, Estados Unidos, se ha convertido en uno de los mayores terroristas del planeta y una amenaza para la humanidad y, sobre todo, para el pueblo judío. No es exagerado calificar a los indignos y malignos gobernantes de Israel como auténticos herederos de la barbarie nazi, que también asesinaban indiscriminadamente para aterrorizar a la población; que también buscaban asegurarse su "espacio vital" para garantizar la impunidad de sus acciones; que también masacraban con su superioridad militar a poblaciones indefensas, y que también mentían, como recomendaba Goering, porque de tanto hacerlo creían que esas mentiras se convertirían en verdades.


Es doloroso constatar la involución del Estado israelí, tan lejos hoy de los sueños de grandes pensadores judíos, como Martín Buber, que lo imaginaron como la realización de un original modelo socialista. Un Estado a cuya ilegitimidad de origen se le agrega ahora una ilegitimidad aún mayor, emanada de la carnicería practicada sobre una población civil indefensa que obliga a preguntarse cuán democrático puede ser un Estado que perpetra tales crímenes. Ilegitimidad de origen, decíamos, no porque el pueblo judío no tenga derecho a tener su Estado, pues ese derecho es indiscutible y Hamas debe reconocerlo sin más dilaciones. Pero ilegitimidad porque se erigió robando tierras a otro pueblo al que también le asiste el mismo derecho. El acuerdo entre el colonialismo británico y el imperialismo norteamericano que al final de la Segunda Guerra Mundial se tradujo en la creación del Estado de Israel fue posible porque, ante la debilidad del mundo árabe, pudo apropiarse para Israel de un territorio que no era sólo suyo sino que se compartía con los palestinos. Este despojo está en la base del interminable conflicto que desangra a la región y que sólo se agrava con el correr de los años. Si no ha habido paz durante más de medio siglo no ha sido por algún problema coyuntural o por la limitación de algún funcionario o gobernante de Israel o de Palestina. No hay paz, ni podrá haberla, mientras no se ponga fin a ese despojo territorial creando, junto al Estado de Israel, un Estado palestino dotado de un territorio propio, geográficamente contiguo y viable económicamente. La abrumadora superioridad militar de que hoy dispone Israel es una garantía muy frágil para su supervivencia cuando se la examina desde el prisma de la historia. Por eso, sus cobardes halcones, patéticos discípulos de Hitler, son los peores enemigos del pueblo judío. Pero ya hay algunos indicios de que un sector creciente de la ciudadanía israelí se está percatando de esta aberrante situación y comienza a protestar contra la agresión a Gaza y a exigir una política más sensata, y acorde con las mejores tradiciones del pueblo judío, para llegar a una solución definitiva de este sangriento conflicto.

Soledad y Laura

Hacerse compañía



Soledad y Laura: en marzo cumplen tres años juntas
Se conocieron chateando. “¡Cuándo no!”, podrán decir algunas. Pero vale aclarar que no lo hicieron en una de esas salas en que la búsqueda de sexo puede encararse bajo seudónimos tan poco sugerentes como “la más lechuda” (sic) o “perra casada” (basta entrar a cualquier sala de chicas para extraer, cual objets trouvés, ejemplos de una larga lista que incluye nombres más discretos como “Mamá46bi” o extravagancias del tipo “GayBuskNoviaLesbiana”), sino en una de esas aburridas salas de trivias en las que uno se mete a contestar preguntas y a poner a prueba su cultura general porque anda desvelado y no enganchó ninguna película en el cable. Así, entre preguntas mortales como “¿quién fue el segundo hombre en llegar a la luna?” o “¿qué longitud tiene la prueba del maratón?”, Laura y Soledad empezaron a charlar hasta que el moderador amenazó con echarlas, ya que conversar iba en contra de las reglas generales de esa sala. Pero ahí mismo ellas intercambiaron sus direcciones de msn y se quedaron hablando hasta bien entrada la madrugada. Y si bien Soledad, a la cuarta o quinta línea, le dijo que era gay, Laura acusó recibo bastante más tarde. “Yo había tenido una sola experiencia homosexual, así como al pasar, y me consideraba heterosexual. Pero después, con el transcurrir de los días, cuando empezamos a hablar y a conocernos más, empecé a sentir la necesidad de verla y de saber cómo estaba. Cada vez que me metía al msn, lo primero que hacía era fijarme si su nombrecito aparecía conectado.”
Y ya que toda historia de amor muchas veces se forja y robustece gracias a los obstáculos que le salen al paso, vale decir que la instancia cibernética del idilio que en un principio ninguna se atrevió a confesarle a la otra no se debió a la timidez o a la fobia social de alguna de las dos sino al hecho de que Laura vivía en San Nicolás y Soledad en Villa Celina, partido de La Matanza. “Nos conocimos en marzo de 2006, unos meses antes había muerto mi papá, y yo andaba bajoneada, y un día le dije que me quería ir a un lugar donde no hubiera nada. Ni televisión, ni teléfono, ni radio, ni turistas, nada”, cuenta Soledad. “Y entonces me dijo: ‘¿Y qué te parece Pergamino?’ ‘¿Pero qué hay en Pergamino?’ ‘Nada. ¿No querías un lugar donde no hubiera nada?’ Y así quedamos en encontrarnos, supuestamente un punto intermedio para las dos, aunque yo terminé viajando cuatro horas y media y ella cuarenta minutos apenas.” A lo que Laura agrega, luego de jurar y perjurar que el error de cálculo no fue a propósito: “Cada una, en su interior, se moría de ganas por conocer a la otra. Y ese sábado fuimos a comer, anduvimos paseando, y cuando llegó la hora de irnos y estábamos a punto de sacar los pasajes, Soledad me dijo: ‘¿Y si nos quedamos a dormir?’ A todo esto, todavía no había pasado nada: habíamos ido a un laguito, nos sentamos ahí, pero ninguna se había animado a dar el primer paso. Y le dije que sí, más allá de que al otro día entraba a laburar a las 2 de la tarde en un local de videojuegos donde era cajera. Nos fuimos a un hotel que estaba a una cuadra de la terminal y nos dieron una habitación con dos camitas: tampoco daba para andar pidiendo una cama doble cuando todavía no nos habíamos dado ni siquiera un beso”.
Al otro día se levantaron y cada una regresó a casa con la firme intención de volver a verse. Y mientras Soledad terminaba en Villa Celina con una noviecita que había conocido unas semanas antes, Laura le decía a su madre que era bisexual “para suavizar la noticia”. Así empezaron los viajes periódicos de Laura a Buenos Aires, que fueron apuntalando una relación que lidiaba con el escollo de la distancia. “Nos conocimos en persona un 24 de marzo, y la próxima vez que nos vimos fue para Pascua. Laura después empezó a viajar cada quince o veinte días, y a los seis meses nos compramos los anillos y decidimos que se venía para Buenos Aires.” “Las despedidas eran terribles”, apunta Laura. “Yo venía un viernes y me iba un domingo o un lunes. Y ese domingo o ese lunes eran muy angustiantes. Cada vez que íbamos a Retiro decíamos cuándo sería el día en que por fin no tuviera que ir allí para despedirme sino para ir a San Nicolás a visitar a mi familia. Para colmo, nos despedíamos con un abrazo y un beso en el cachete, pensando que podía haber algún conocido que si nos veía en la estación podía contarle a mi mamá que su hija estaba en Retiro a los besos con una mina.”
Soledad y Laura cumplen tres años de relación en marzo, y ya llevan más de dos conviviendo. Y si ya están planeando tener un hijo con el aporte paternal de su mejor amigo gay es porque a la vida se la imaginan juntas. “Yo supe que quería estar con Soledad cuando me di cuenta de que era una persona con la que podía hablar durante cinco horas sin aburrirme. Eso fue lo que más me gustó de ella: saber que si el día de mañana llegamos a los 70 años y no tenemos otra cosa para hacer más que conversar, vamos a disfrutar de hacernos compañía.”

Histeria masculina. Periodismo histérico.

Nelson Castro. En la histeria masculina el que interviene como periodista aparece como Todopoderoso al que se odia a si mismo por reprimir su sexo, significa una detención, un impasse que se produce que conlleva esta declinación concreta de ser lo que es y ejercer la función del que dice No (negar su homosexualidad).
El ser lo que es y negarlo le quita la posibilidad de satisfacción.
Así piensa que sale del odio y frustración y pasa a otra cosa.
Perder ese objeto para encontrar otros habilita la secuencia: hacer de la mentira causa de su deseo, deseo de encarnar y trasmitir la ley, su ley.
Justamente es el problema que se encuentra en la histeria masculina en el periodismo, suele traducirse como la evitación de caer bajo un significante de la ley, o en un combate contra las figuras de autoridad y hasta promueven organizaciones donde pueda asegurarse que nadie se ubique como diferente en su empeño de abolir la función del líder.
El obsesivo recibe "su verdad inconciente" bajo la forma de demanda, se desdobla en la defensa contra la entrada de la verdad en el cuerpo, cosa que produce desierto de goce; el perverso, siempre mas seguro, desmiente el efecto de la verdad, dice “eso no toca ni tocara mi goce”.
El histérico se retira del espacio real y en su lugar deja un vacío, se divide, produce lagunas en su memoria que desconocen las marcas del goce, de la verdad y la realidad y goza mintiendo por el poder que en la actualidad le permite el periodismo.

La niña bonita

Juana Menna

Hasta último momento, Sheila no tiene mucha expectativa con sus quince. Sus amigas, sí. Sus amigas sueñan con tener hijos desde que jugaban con Barbies mientras Sheila les quitaba los bracitos y las piernas de plástico para espiarlas por dentro: ella quiere estudiar medicina. Debe ser por eso. Sus amigas le dicen que es mejor contarle las costillas a un hombre que a un esqueleto, pero no hay caso. Sus amigas quieren vestirse con tules y hacer una fiesta de quince para mucha gente donde se baile reggaeton. Ser princesas por una noche es su desquite contra un destino que las quiere cautivas en el barrio donde nacieron, en las afueras de la ciudad.

La idea fue del cuñado, que se compró un Renault 12 usado en cuotas y lo primero que hizo fue colgar una cinta colorada del espejo delantero para que la envidia no se meta por la ventanilla y lo segundo, poner en la parte de atrás una calcomanía de su negocio: "Fabián Frenos". Después consiguió a precio el salón de fiestas de un amigo. Y finalmente, el cuñado y la madre de Sheila decoraron el auto con moños de cinta ribonette rosada. El más grande ocupaba casi todo el capó. El Renault parecía un merengue. Cuando Sheila lo ve accede a celebrar sus quince pero pone como condición que ella elige el vestido y el regalo. Lo que sí quiere es sacarse muchas fotos en el Parque Independencia.

El Parque está en el centro de la ciudad. Tiene un lago artificial, puentecitos pintados de blanco y columnas con pretensiones dóricas alrededor. En el laguito hay una isla con patos, gansos y gallinas. Allí, la Municipalidad inauguró hace nueve años las Aguas Danzantes, que se elevan y caen al compás de música que sale entre las palmeras. Los fines de semana, la gente se sienta enfrente, en los bancos que rodean el lago, a mirar las Aguas Danzantes y a comer copos de azúcar, rosados y vaporosos como el moño que se mece bajo el viento nocturno en el capó del Renault. El lugar más atractivo del Parque es un montecito cubierto de flores. Ahí, después del amanecer, los jardineros componen con plantines los números y letras que corresponden al día que comienza. Es un ritual no escrito: las quinceañeras rosarinas se sacan fotos en esa esquina.

Llegan a eso de las nueve de la noche, antes de ir a su fiesta, seguidas por madres, hermanas menores y amigas. Las madres se emocionan. Las hermanas niñas miran con fascinación el maquillaje y los tacos. Las amigas aconsejan y solucionan detalles de último momento ("acomodate el bustier", "pará que te estiro la pollera", "agarrate del arbustito, que queda re lindo en la foto"). La quinceañera mira la cámara con resolución. "Sonreí que de acá nos vamos a Hollywood", bromea el fotógrafo social.

En las cercanías del laguito artificial esperan los coches. Hay una limusina blanca con vidrios polarizados y un Ford Fairlane '74 pintado de rosa, más vintage. También, carrozas. Sí, cubiertas de flores con caballos blancos. Pero Sheila huye del artificio. Le gusta que su cuñado la espere con su Renault 12 mientras ella se saca fotos adelante del calendario y del laguito, para que luego la lleve a su fiesta, a su regalo que es un libro del cuerpo humano desplegable. Sheila se sube al auto con su vestido colorado de falda mínima, su desquite contra todas las bellas y vaporosas princesas de cuento.

Piru Gabetta. Un artista con mucha historia sobre su espalda.

El cantor de tango y ex militante del PRT, que estuvo nueve años exiliado en Europa, acaba de editar su tercer disco desde el regreso: Embelecos. "Para elaborar todas las que te pasaron es preferible estar haciendo cosas", señala.
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Gabetta integró en Francia el grupo Tiempo Argentino, cuyo único disco fue calurosamente elogiado por Cortázar.



Nota de Cristian Vitale

Un día de 1985, Piru se preguntó si la tierra y la patria eran sólo valores ficcionales de la nostalgia o eran, como el tango, una certeza que encarnaba algo sustancial de lo propio. Estaba en el avión, regresando de Francia, y la necesidad mutó en urgencia. Le pidió a su compañera de butaca que le cediera el lugar más cercano a la ventanilla y, a punto de aterrizar, se tragó un pedazo de Argentina por los ojos. Detrás quedaban nueve años de exilio y un deseo imperioso: volver. "Ella comprendió y me dejó solo, con un gesto mínimo y hondo que jamás olvidaré, en el instante justo, cuando mis temblores comenzaron a disimularse con los del carreteo. Se me ponen los pelitos de punta cuando lo recuerdo", evoca, preciso. Nueve años, entre París y Barcelona, insuficientes para olvidar ciertas secuencias del pasado en tierra propia: su puesto en la lucha como cuadro medio del PRT, la grabación de Qualition junto al Trío + Tango, los siete meses en la clandestinidad o la desaparición de la compañera de su hermano Carlos, que precipitó el exilio. "Siempre estuve absolutamente ligado al país y teniendo claro que cuando podía pegaba la vuelta", insiste.

Pero lo que Piru (Néstor Gabetta) menos pudo dejar entre renglones fue el latido de barrio. Un ADN preexistente a su hacer de joven militante, una cualidad que aún hoy, a los 62 años, conserva intacta. No pasan dos cuadras de a pie por los lindes de Constitución que ya hace una primera apreciación de contexto. "Hay mucho patín en la lleca, che." Palabras tan habituales en él como fato, franeleo o el dicho que repite dos o tres veces durante la nota con Página/12: "Así es la verdad de la milanesa". "¿Sabés qué? Yo conozco a la gente del tango de verdad, y me doy cuenta de cuando alguien se sube a un escenario para hacer un estereotipo", reflexiona. La verdad de la milanesa, entonces, es que ese regreso del '85 implicó, entre otras cosas, retomar en tierra propia el pulso del Piru tanguero. Apenas bajado del avión fue invitado para hacer las veces de juglar en la obra teatral Dorrego de David Viñas y de ahí fue reconstruyendo escalón por escalón: hacia fines de los '80 grabó De ida y vuelta, primer disco del retorno, con Lalo de los Santos, Antonio Agri y Bernardo Baraj entre los invitados; luego se reinventó en Quinteto con Certezas y así hasta Embelecos, trabajo de reciente edición. "Como dice Mario Benedetti, estaba en pleno desexilio. Fue llegar, empezar a acomodar el cuerpo y pensar qué hacer. No hay nada mejor para un tipo que está tanto tiempo afuera que llegar y que el lugar te capture con alguna actividad. Para elaborar todas las que te pasaron es preferible estar haciendo cosas", sostiene.

Así comenzó el camino en la Argentina que llegó al hoy. Y el hoy, para Gabetta, tiene un nombre y mil significados: Embelecos. La definición académica es engaño, mentira. Pero hay variantes secundarias: espejismo, ilusión, arrullo, caricia, hasta algo típico del argot de la pesca. "El embeleco es algo que atrae a los peces, un anzuelo. Pese a sus muchos significados, es una palabra poco frecuentada. Yo la recordaba de La Fundación Mítica de Buenos Aires, de Borges: 'Son embelecos fraguados en La Boca'. O la madre de mi productora, que decía: 'No me vengan con embelecos'. Esencialmente se trata de una palabra con misterio." Un misterio que Piru irá revelando a través de doce composiciones, en su mayoría propias, a excepción de "Valsecito de la calle Riobamba", cuya autoría comparte con Juan Muñiz y un poema sintomático ("El regreso") que opera como introducción al último tema del CD, "Fuimos", el clásico de Homero Manzi. "Al ser una producción independiente, tuve una libertad total para hacer lo que tenía ganas. No hay nadie que me diga: 'Mirá, con esto vamos a vender más'... Nada que ver."

–¿Tuvo problemas para elegir el repertorio?

–Bastante. Creo que lo principal al elegir una canción es saber si podés defenderla o no, porque hay cosas que no son para uno. Incluso hay temas que me gustan poéticamente, pero no los puedo hacer. Es algo, no sé, medio misterioso que no permite conectarte con el tema. A Edmundo Rivero le pasaba igual. Si la historia no te conmueve de verdad, no va.

Fuga hacia atrás: 32 años. En 1976, previendo la derrota ante el frente militar que tomaba el poder, el PRT decide sacar del país a muchos de sus cuadros sobrevivientes con el propósito de denunciar las atrocidades del régimen en el exterior. Gabetta es uno de los elegidos. Luego de medio año en la clandestinidad, y de vivir un tiempo guardado en la casa de Gustavo Beytelmann, viaja a París. "Yo no estaba en el aparato militar (ERP), pero tenía actividad de aparato con cierta responsabilidad. A los tipos que tenían una actividad cultural como la mía, que yo había dejado absolutamente planchada por la militancia, el partido nos enviaba al exterior. Acá nos estaban haciendo moco, y había que irse. Santucho, por ejemplo, antes de caer en Villa Martelli estaba a punto de salir. Sin hacer un recorrido lineal ni minucioso de la partida, digo que me fui con una tarea política. La organización vio claro el principio de la derrota y nos sacó, porque lo que se venía era muy grosso. Había que empezar rápidamente una campaña de información en el exterior. Creo que la música me salvó la vida", admite.

El primer proyecto serio de denunciar con música fue el grupo Tiempo Argentino. Gabetta y Beytelmann ensamblaron intenciones con Tomás Gubitsch (ex guitarrista de Generación 0 e Invisible), que había llegado a París para dar un concierto en el Teatro Olympia junto al grupo electrónico de Astor Piazzolla y el embajador argentino le "sugirió" no regresar al país; Enzo Gieco, Juan José Mosalini, que había viajado como parte del grupo de Susana Rinaldi, y dos franceses: Jean Le Guern y Jacq Paris. El primer y único disco del grupo se llamó Tango rojo, sobre el que el mismísimo Julio Cortázar se deshizo en elogios ("Lo que aquí se canta contiene la denuncia y el repudio de la opresión que padece nuestro país"). Dice Gabetta: "Lo que hacíamos era poner a la Argentina siempre al frente. Era el objetivo de un grupo que no estaba para hacer pelotudeces, ni música for export; era un grupo de música con una tarea política. Las canciones que yo escribí –algunas interesantes, otras no– tenían una poesía de emergencia. Estaban absolutamente direccionadas a denunciar el carácter de la dictadura. Era un proyecto en serio: se estudiaba, se laburaba y la idea era generar una propuesta estética que se ganara el corazón de la gente desde un lugar cultural. No éramos un grupito armado en el barco para hacer un racconto de los muertos. Como dice Gelman: 'Un poema antes de ser un poema de denuncia tiene que ser un poema'. Nos fue bien porque trabajamos duro: nos levantábamos a las seis de la mañana para estudiar el idioma".

–¿Tuvieron dificultades? ¿Cómo fue la primera recepción entre el público francés?

–Hubo que remontar algo importante. El gobierno de Isabel estaba profundamente desprestigiado en Europa. No era Salvador Allende, al que habían tumbado. Al principio fue un laburo duro, porque para Europa los golpes de Estado en Latinoamérica eran folklóricos; casi todos menos el de Allende porque, como se sabe, fue el primer gobierno que se propuso el socialismo por la vía parlamentaria. Encarnaba, de alguna manera, todo el proyecto de la socialdemocracia europea. La caída de Allende era la caída de la socialdemocracia sueca, por ejemplo o de lo que llamábamos un gobierno reformista. Pero Isabel tenía una prensa espantosa.

Tiempo Argentino se acopló a la prédica del Cuarteto Cedrón, que estaba en la misma línea de acción, y entre ambos se presentaron en lugares clave como La Vieille Grille, el Palais des Arts o el mismo Olympia. "El trabajo que hizo el Tata fue extraordinario. Empezamos una tarea amplia que consistía en trabajar con todo el mundo, gente que venía de Montoneros y otras organizaciones, y adquirimos una noción de unidad que ojalá tuviéramos acá, en este momento. Haríamos un despelote bárbaro, porque es claro: el enemigo te junta la cabeza y no te pregunta el origen político; simpatizantes, colaboradores, alguien que prestó un timbre o un tenedor... y así."

El grupo, cruza de folklore y tango, duró casi tres años. Lo suficiente como para que el cantante considerara los objetivos cumplidos. "Ahí se produce mi separación del grupo por un tema político interno; el PRT se fracciona, aparecen miradas distintas: Luis Mattini por un lado, Gorriarán Merlo por otro y un capítulo doloroso", dice. Tras el divorcio musical, Gabetta grabó un disco con José Luis Castiñeira de Dios –el creador de Anacrusa– en Barcelona y encaró otro proyecto con estética de trinchera: Túpac Tosco, junto a los hermanos Saavedra, Susana Lago, Raúl Mercado –fundador de Los Andariegos– y el riojano Pancho Cabral. "Era una versión coreográfica musical de la Argentina basada en la historia de las luchas populares: la Semana Trágica, la Forestal, el Cordobazo; un viaje que empezaba con Túpac Amaru y terminaba con Agustín Tosco. Funcionó muy bien. La coreografía la hizo un suizo, pero el rol principal fue el de Juan Saavedra. La alegoría del final era que el pueblo argentino iba a salir de la dictadura", explica.

–¿En qué momento su rol de militante "tiempo completo" fue dejando paso al músico más, digamos, independiente?

–Hubo un momento en que entre todos habíamos logrado instalar un tema en la sociedad europea. Había sido tomado por las masas, por el imaginario colectivo. Trabajamos con Amnesty, con cristianos que estaban en contra de la tortura. Incluso se hizo un evento por los derechos humanos en la Catedral de Notre Dame, que es como decir que Bergoglio permita en la Catedral de Buenos Aires un homenaje a la masacre de Pando. El mayor orgullo que nos quedó fue escuchar a Videla diciendo: "El único frente que no dominamos fue el internacional".

–Los últimos años del exilio los pasó en Barcelona. ¿Qué ocurrió allí?

–Me mandé una locura juvenil con una bailarina francesa (risas). Más allá de eso, la verdad es que fue la primera vez que pensé en términos personales. Mi tarea política como tal había mermado en parte; y no tenía ganas de discutir por los símbolos del partido y esas cosas. El Pelado Gorriarán quería sacar lo que quedaba del partido para combatir en Nicaragua y nosotros, con otro grupo de gente, dijimos que no; que no se podía seguir tirando tiros. Había que hacer un análisis autocrítico y no una fuga hacia delante. Ahí fue cuando me convertí en un independiente. En Barcelona inauguré un espacio cultural. Después llegó el '83, pasaron dos años y pegué la vuelta.

Vuelta al principio. Cuando Piru baja de ese avión, luego de temblar al ver tierra argentina desde el aire, abraza la primavera alfonsinista. "Eran los tiempos del coletazo esperanzador. El Juicio a la Juntas fue un proceso interesante que sentó bases profundas, más allá de las cagadas que después se mandó Alfonsín. Ese país que vi cuando llegué no quería un cajón quemado por Herminio Iglesias, ni los pedidos de amnistía que hacía Luder en campaña. La Argentina se había convertido en un país de vanguardia, porque la sociedad votó la otra opción. No es que sea indulgente con mis compatriotas, pero sostengo que éste no es un pueblo fascista, y que hay que estar atentos a los nuevos paradigmas. Este pueblo es el que tiene 30 mil desaparecidos, y fue vanguardia en la lucha revolucionaria", asegura.

–¿Pese o hasta los '90? Se coincide en que fue una década de un vaciamiento no solamente económico sino, sobre todo, cultural y político.

–Creo en eso de barajar y dar de nuevo. Yo vine como la mayoría de los militantes: sin plata. Hubo que empezar a reconstruir todo y hoy hay que mirar hacia donde van las ilusiones, aunque es cierto que la derrota se siente en todos los aspectos. Cuando el flaco Kirchner dice que estábamos en el infierno, yo suscribo totalmente.

–¿Cuál es su mirada sobre la experiencia del PRT, a la distancia?

–La reivindico, pero no salgo con la chapa. Hace mucho tiempo, por suerte, la música y la poesía me han empujado hacia un lugar de convivencia con el militante de siempre, salvo que soy un independiente sin agrupación política. Jamás podré olvidar el enorme compromiso de mi generación.

Mi emblema

Hola amigas, trataré de hacerles compañía. Nunca fue lo mío esto de los blogs pero prometo portarme bien e intentar publicar algo interesante. Y si duro poquito intenten no enojarse, me aburro facilmente de todo, incluso de mi misma. La última vez en esto duré dos meses, igualmente mucho más que cualquiera de mis noviazgos.